Derechos humanos 56 años después

El pasado viernes 10 de diciembre se celebró el Día Internacional de los Derechos Humanos.

El espíritu que animó a los líderes mundiales a elaborar la famosa Declaración está recogido en nuestra carta en sus primeros capítulos.

Desde que a fines del siglo XVIII se conocieron los primeros textos que consagraban esos derechos inherentes a los seres humanos –y sobre todo a partir de 1948, en que la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración cuyo aniversario acaba de conmemorarse– se han sucedido otras declaraciones, ampliadas, a las que los Estados adhieren con entusiasmo, comprometiéndose solemnemente a desarrollar políticas tendientes a garantizar el fiel cumplimiento de los principios contenidos en dichos textos; se fijan metas y objetivos a plazo para hacer que todos los hombres y mujeres que habitan el planeta gocen cabalmente de sus derechos consagrados en los documentos oficiales. Sin embargo, tales metas y objetivos han quedado, desgraciadamente, en meras expresiones de deseos. Nobles y loables propósitos que no se cumplieron. En efecto, desde 1948 a nuestros días, los enfrentamientos bélicos se han sucedido, muchas naciones no respetan las garantías individuales, y –lo que es quizá más dramático– el hambre, las enfermedades y las injusticias siguen causando víctimas en todo el mundo.

Entonces se levantan voces –voces indignadas– que se alarman por esta situación y reclaman que se cumplan los preceptos establecidos hace más de doscientos años; voces que se conmueven por la falta de solidaridad de las naciones ricas que sólo aportan una magra parte de sus recursos para combatir el hambre y las enfermedades.

Yo me conmuevo, a mi vez, por esta preocupación expresada por las dignas voces que reclaman terminar con las iniquidades del mundo de comienzos del tercer milenio. No obstante, a poco que uno se ponga a reflexionar sobre el punto, se encuentra con una flagrante contradicción: el humanismo políticamente liberal que se refleja en las declaraciones no se compadece en absoluto con el antihumanismo económicamente liberal que hoy campea en el mundo; son concepciones definitivamente contradictorias que sólo los hipócritas o los ineptos pretenden conciliar.

¿Cómo es posible pretender que todos los seres humanos tengan acceso a una vivienda digna y decorosa, a una educación que les permita superarse, a un trabajo correctamente remunerado, a la asistencia sanitaria que todos merecen, cuando el modelo recomienda que todo sea regulado por el mercado todopoderoso?

¿Cómo puede esperarse justicia y equidad de una concepción que postula como valores la competitividad, el individualismo, el hiperconsumo, el éxito personal, el «sentarse sobre los demás» (como aconsejaban a José Agustín Goytisolo su abuelito y su papá)?

¿Qué solidaridad puede esperarse de individuos formados en una sociedad regida por un modelo económico cuyo único motor es el afán de lucro?

A comienzos del siglo XXI y del tercer milenio, la plena vigencia de los derechos humanos sigue siendo una asignatura pendiente. Una asignatura difícil de aprobar mientras el capitalismo salvaje siga rigiendo las relaciones económicas. *

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