Conversando con El Ñato
Acepto el guante lanzado por el Ãato Fernández Huidobro en su interesante artículo «Un largo proceso».
Entiendo que sin la experiencia de 1962 y 1966 y la consolidación de la idea de la unidad sin exclusiones de la izquierda, muy difícil hubiera sido responder al pachecato con la creación del Frente Amplio de 1971.
El proceso de acumulación de fuerzas de los ’60 y ’70 posibilitó esta creación histórica de un proyecto político alternativo al viejo bipartidismo tradicional, con la incorporación de figuras importantes de los partidos tradicionales e incluso de militares patriotas encabezados por el general Líber Seregni.
Pero quiero hacer hincapié en el desafío teórico que nos lanza el compañero senador y que mereciera un colgado en la contratapa: «Hacemos pues una propuesta teórica: este proceso uruguayo arrancó aquel día de junio de 1968 en el que Pacheco decidió clausurar sus últimas negociaciones con la CNT y decretar las Medidas Prontas de Seguridad».
Sin negar el factor precipitante que tuvo la represión y el recorte de las libertades que puso al país al borde de la dictadura, que apasionó y puso en movilización a cientos de miles, sin embargo, en mi modesta opinión, el proceso uruguayo de construir el bloque político-social que resultara triunfante el 2004 comienza en 1955, con el proyecto estratégico de unir a los trabajadores como base de la unidad social del pueblo y de propender a la unidad de la izquierda en un Frente Democrático.
No se contrapusieron las identidades político-ideológicas de los distintos grupos de la izquierda con la necesidad de construir un amplio frente, con los sectores avanzados de los partidos tradicionales. Es más, hablábamos de esa necesidad como única posibilidad pacífica de derrotar el bipartidismo construido a través de la Ley de Lemas gestada en la dictadura de Terra de 1933.
La realidad latinoamericana y el proceso nacional no nos permitieron salvar ese trance y tuvimos que pasar por la larga y dolorosa década de la dictadura.
Aquí no se trata de disputarnos la paternidad del proceso de unidad, pero es evidente que cada uno destaca lo que vivió con mayor intensidad. Respetemos las vivencias de cada uno y será la ciencia historiográfica la que determine la verdad histórica.
Cuando en la década del 50 nos encontrábamos con un movimiento sindical fragmentado en tres sectores, parecía una utopía proyectar un escenario con una sola central obrera. Fueron años de lucha y solidaridad, de romper sectarismos y echar los cimientos de una central unitaria en 1961, la Central de Trabajadores del Uruguay (CTU), para que en 1964 se transformara en CNT (Convención Nacional de Trabajadores), primero como unidad de acción en torno a un programa y luego en unidad orgánica como Central Unica en 1966.
Sin este proceso de plenarios obrero-estudiantiles, de huelgas sindicales, de luchas solidarias en lo nacional y en lo internacional, unido a las grandes batallas por la libertad y la democracia, se hace difícil encontrar las huellas que culminaron en la gestación del Frente Amplio.
También las experiencias victoriosas en el plano político latinoamericano ubicaron el tema de la unión del pueblo como el terreno imprescindible para construir la catedral de un proyecto unitario de la izquierda y las fuerzas progresistas del cambio.
Ahora, que se abre un debate sobre el papel de la Universidad en los últimos cincuenta años, quiero reivindicar su rol fecundo en la gestación de una pléyade de intelectuales y profesionales comprometidos con la ciencia, la docencia y la investigación pero también con la causa social y el compromiso democrático.
Frente a la tesis satanizadora de la derecha de una universidad «marxista», que nunca lo fue, como «eje del mal» al que había que gasear, cercar física y financieramente, y luego intervenir brutalmente durante los años de plomo, la Universidad siempre fue plural, fiel a su Ley Orgánica de respeto a la Libertad de Cátedra y a la búsqueda de la ampliación de su base social.
En la actualidad se lanza una tesis, que no comparto, de una Universidad Elitista, que no rompió el elitismo social de su composición, como si la institución universitaria pudiera ser una isla paradisíaca, que sin recursos y asfixiada económicamente, hubiera podido cumplir sus funciones esenciales universitarias de docencia, investigación y extensión universitaria y simultáneamente, haber democratizado completamente la composición social del estudiantado, al margen de una realidad social clasista.
Siempre se pudo haber hecho más, pero no se puede negar el esfuerzo ímprobo, en una dirección democratizadora, de una Universidad que nunca se aisló en sí misma, defendió las libertades y la democracia, y avanzó en su labor universitaria enalteciendo el rol de la Universidad de la República, como primera casa de estudios del país.
En la salida de la dictadura jugaron un papel destacadísimo las nuevas generaciones, como la de 1983, dándose las mañas, aún bajo dictadura, para construir la ASCEEP y el PIT y que al abrir las cadenas de la dictadura se transformaron en ASCEEP- FEUU y en PIT- CNT.
La década de los 90, con su impronta neoliberal, agudizó las contradicciones sociales y ensanchó los márgenes de la izquierda primero con el Encuentro Progresista y luego con la Nueva Mayoría.
Si algo nos reconocen, en todas partes, en especial Latinoamérica, es el carácter ejemplar de avanzar en unidad, ampliando la base político-social, rescatando sectores políticos que en algún momento se apartaron del tronco común.
La inteligencia y la perspicacia política son atributos de la izquierda uruguaya, que no sólo efectuó una renovación ideológica, una actualización programática, sino que evitó que las diferencias doctrinarias y la teleología de los proyectos finales de sociedad, obstacularizaran el cauce común en la actual etapa histórica de la sociedad uruguaya.
Nuevos retos se nos presentan, como bien dice la Comisión de Relacionamiento del Frente Amplio: «La propia fuerza política se encuentra en transición. Estamos en una fuerza política que nació en la oposición y creció en la oposición, desde la oposición logró una formidable acumulación de fuerzas, social y política, nunca vista antes, construyó una proeza y alcanzó la posibilidad de gobernar. Ahora, desde el gobierno, tiene que transitar hacia una sociedad progresista y avanzar hacia formas más solidarias de organización social».
Requiere un cambio cultural el tránsito de fuerza opositora a partido de gobierno y de transformaciones sociales. Tenemos el desafío de fecundar la historia.
Estoy de acuerdo con el Ãato en cuanto a nuestra originalidad uruguaya y a no copiar modelos, especialmente europeos o de donde sean. Construiremos con nuestra propia cabeza, el camino del cambio progresista de izquierda, en clave regional y con claridad del continente que habitamos.
El debate de ideas, fraterno y respetuoso, bienvenido sea a este camino del cambio. *
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