Presiones inaceptables
En nuestro editorial de ayer señalábamos cómo algunos grupos ya habían empezado a presionar al gobierno electo antes incluso de que éste haya asumido. Grupos de poder económico devorados por la ansiedad, así como organismos internacionales ejercen presiones más o menos sutiles o desembozadas.
Pero el asunto reviste gravedad cuando la presión proviene de un país extranjero y, sobre todo, cuando ese país extranjero es la nación más poderosa del planeta. En efecto, el gobierno de Bush vuelve a insistir (ya lo había hecho ante las autoridades actuales) en su planteo de que Uruguay firme un acuerdo bilateral que consagre inmunidades especiales a militares y civiles estadounidenses para eludir la jurisdicción de la Corte Penal Internacional en crímenes de lesa humanidad. La Casa Blanca ya aplicó sanciones a nuestro país por la renuencia a firmar dicho acuerdo (suspensión de la ayuda militar), y se propone ahora redoblar esfuerzos para lograr que el nuevo gobierno que asumirá el próximo 1º de marzo se avenga a sus pretensiones, so pena de no promover la inversión de capitales estadounidenses en nuestro país.
Si las presiones de corporaciones locales pueden ser catalogadas de improcedentes, las provenientes de Washington son absolutamente inaceptables y merecen el franco rechazo del gobierno; de este o de cualquier otro.
La soberanía y la dignidad de los pueblos no se negocian. El Uruguay ha tenido a lo largo de su historia una trayectoria de ejemplar preservación de su independencia y de su autonomía. Por lo general –con deshonrosas excepciones– el país se alineó en posturas de salvaguarda de la soberanía de los pueblos, contra toda injerencia prepotente de las naciones fuertes.
Desde Artigas y pasando por Oribe, Berro, Rodríguez Fabregat y Herrera –por no citar sino los ejemplos más elocuentes– Uruguay se destacó por sustentar posturas de defensa de la autonomía y de la autodeterminación de las naciones. No hay razones para suponer (y mucho menos justificar en aras de presuntos beneficios económicos) que el país se aparte de principios nobles y renuncie a viejas banderas. *
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