Una cuestión de identidad política

El 5 de febrero de hace dos años, el presidente del Frente Amplio dedicó buena parte de su discurso de aniversario a hablar de la identidad del Frente Amplio. Historió sus luchas. Evocó las luchas anteriores sin las cuales el Frente Amplio no hubiera sido posible. Recordó las persecuciones y los crímenes que se cometieron contra sus militantes de base, sus dirigentes, sus legisladores. Recordó las proscripciones, el fraudulento proceso contra Líber Seregni, Víctor Licandro y todos los militares que se opusieron al golpe de Estado.

Refiriéndose a la identidad del FA, habló de su programa y de su compromiso social, de su opción por los pobres y su anhelo de justicia social.

En una palabra explicó, una vez más, en forma clara y condensada, comprensible y elocuente qué es el FA, su identidad, clara y distinta a la de los demás partidos. La razón de ser como fuerza política. La condición de ser un frente o un partido y no una fracción de otro partido.

Ahora bien, apenas conformado el nuevo gobierno, algunos grupos se han lanzado a ejercer desenfadadamente una serie variopinta de presiones sobre los futuros responsables de la conducción nacional. Corporaciones, económicamente poderosas e históricamente acostumbradas a mandar, están pretendiendo vetar nombres para tales o cuales cargos en la futura administración. Así como lo lee.

Estos grupos, son, para decirlo con las palabras científicamente elegidas por Vivian Trías, o poéticamente luminosas de Daniel Viglietti, los «gringos» o «los dueños del Uruguay».

Esos grupos económicos siempre han actuado así. Se instala el nuevo gobierno y su reacción tiene menos opciones que la del perro de Pavlov. «Hay nuevo gobierno, ¡allá vamos a presionar!». Como el chicho del ruso, no lo piensan dos veces. Ni siquiera una: hay gobierno, va presión. Es un reflejo condicionado.

Se olvidan hasta de lo más reciente. Por ejemplo que hubo un 31 de octubre.

Pero de la campaña electoral sí se acuerdan, ¿no?

En la campaña electoral ellos, los dueños y los gringos, y los dueños-gringos, apoyaron a otros candidatos.

El o los candidatos a los que ellos apoyaron fueron derrotados. Perdieron. El pueblo, que en este país es, la Constitución dixit, el que manda, eligió a un candidato que no era el de las clases conservadoras. Era el candidato del pueblo, de los golpeados, de los arrojados a la banquina por el modelo neoliberal.

El 31 de octubre el que triunfó fue ese candidato.

Por un reconocimiento elemental al principio de identidad, nadie puede pedirle a nadie que sea a la vez Frente Amplio y el no Frente Amplio, el post Frente Amplio o el anti-Frente Amplio.

En el gobierno será el FA, con sus aliados, con su historia, su programa y su compromiso con lo nacional, lo popular y lo democrático del Uruguay de hoy.

No hay ningún indicio que muestre otra cosa. Es más, si el nuevo gobierno progresista desvirtuara su compromiso con el cambio, le estaría haciendo un flaco favor a la democracia.

El triunfo de la coalición progresista ha dado una nueva vitalidad a la condición ciudadana, a la creencia de que el poder de decisión reside en el pueblo.

Y esa ciudadanía recobrada espera razonablemente que se produzcan los cambios por los que votó el soberano.

Inducir al Frente Amplio y a sus aliados progresistas a cambiar de rumbos y violar, a lo Menem, sus compromisos pre-electorales, no le haría bien a nadie.

Ni a los partidos, ni al país, ni, sobre todo al Frente Amplio.

Y en ningún lugar hemos visto u oído que el Frente Amplio considere que su ciclo histórico está cumplido y debe inmolarse en el altar del Estado llevando adelante políticas que le dictan otros. *

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