Las cifras del hambre
Se divulgó hace dos días el informe de la FAO sobre la alimentación en el mundo en el período 2000-2002. De acuerdo con los datos suministrados por dicho informe, hay en el mundo 852 millones de personas que sufren subnutrición (elegante eufemismo para expresar que pasan hambre), registrándose un incremento de 18 millones respecto de mediados del decenio anterior. De ellos, 815 millones pertenecen a países en desarrollo, y 53 millones se ubican en América Latina y el Caribe.
Aunque esta área registra una levísima mejora, la tendencia mundial es creciente y son muy lentos los avances para reducir a la mitad la cifra de personas crónicamente hambrientas en 2015, meta que se había propuesto la Cumbre Mundial sobre Alimentación en 1996. Por otra parte –y por más que el país exhiba indicadores que lo ubican un tanto por encima de la media–, resulta imposible no recordar la aparición de casos de desnutrición infantil verificados en varios puntos de nuestro territorio, fundamentalmente en Artigas, así como los niños alimentados con pasto, o aquellos que presentan síntomas de desnutrición oculta.
Esta realidad tendrá, en el mediano plazo, consecuencias trágicas. La situación de niños y adultos subnutridos no solamente nos conmueve por las penurias que deben soportar debidas a carencias de todo tipo, sino que nos subleva por la irreversibilidad de las secuelas que padecerán, por el resto de sus vidas estos uruguayos subalimentados. Para el desnutrido severo (el niño que no recibió una alimentación adecuada durante los primeros años de vida) las perspectivas de formarse en el sistema educativo de manera de superar su situación, obtener un empleo y ascender socialmente, son nulas. Y lo son por la sencilla razón de que sus neuronas no recibieron los nutrientes apropiados durante el crecimiento; entonces, su capacidad de aprendizaje se ve notoriamente disminuida. Son los niños que repiten una y otra vez y que, o bien abandonan la escuela, o son promovidos por «extraedad». ¿Qué posibilidades pueden tener de superarse y emerger de la miseria y la marginación en que nacieron?
De ahí la urgencia impostergable de aplicar el Plan de Emergencia que el gobierno electo ha aprobado. Acompañado de medidas de fondo, que ataquen las causas profundas de esa injusticia social aberrante, el plan deberá rescatar de la miseria a todos los compatriotas en esa situación y, fundamentalmente, a los niños.
De otro modo, ¿qué futuro podemos esperar? *
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