Lo que va de ayer a hoy

La década de los 90 fue muy dura. Crecían las economías, se deterioraban las condiciones de vida de las grandes mayorías. Las cifras son demasiado conocidas. Años del milagro brasileño y de la convertibilidad argentina. Uruguay se reflejaba en el espejo de los dos grandes vecinos. Tiempos de apogeo del Consenso de Washington y del fundamentalismo privatizador del Banco Mundial. En 1994 el gobierno de Menem ponía en vigencia la reforma privatizadora e individualista de la seguridad social, continuando la línea iniciada en Chile 12 años antes, dictadura de Pinochet mediante. En 1996 le tocaba el turno a Uruguay. Fue durante el segundo gobierno del doctor Sanguinetti.

Y bueno. Sucedió lo que tenía que suceder: caída de las pasividades, dificultades para poder jubilarse, crecimiento del desempleo. Retroceso social enorme en definitiva.

El actual gobierno argentino ha decidido volver atrás con su reforma previsional. Vuelta atrás que no significa tener los ojos en la nuca, según la memorable frase de un distinguido político, sino volver a las fuentes para ratificar los más elementales principios de la seguridad social dejados de lado durante la década infame.

Por su parte, los chilenos comienzan a debatir la necesidad de una paulatina vuelta al sistema público. En Uruguay, el fracaso del sistema es una especie de crónica de una muerte anunciada.

Las fallas de cobertura del actual régimen previsional en los tres países reformados son incontestables. Y no es un problema de las AFP chilenas, AFJP argentinas o AFAP uruguayas. Lo decíamos una semana atrás. ¿Cómo concebir un futuro más o menos digno proyectado desde un presente adverso basado en el desempleo, subempleo o trabajo en negro? Es una enorme falla del mal llamado mercado de trabajo.

Hace 24 años el pueblo uruguayo rechazaba el plebiscito convocado por la dictadura, que pretendía refrendar una Constitución retrógrada, dictatorial. García Márquez escribía diciendo que los generales dueños del poder, con la prensa comprada y los partidos políticos prohibidos, convocaron a la ciudadanía porque, en su soberbia, se creyeron su propio cuento, esto es, que eran la voz de Dios. La pifiaron y feo.

¿Dónde están hoy los que se creyeron su propio cuento acerca de la seguridad social? El ex presidente Menem no puede entrar a la Argentina. Si lo hace, lo meten preso. Pinochet, que ya estuvo preso, anda con algunos problemitas que otros, relacionados con la tortura y corrupción. Ni siquiera sus hijos lo apoyan. El partido al que pertenece el ex presidente Sanguinetti apenas si llegó al 10% de los votos.

Y los que se opusieron a las reformas, calificados como antipatriotas en su momento, ¿dónde andan? ¡Oh paradoja! Son reclamados internacionalmente para que den su visión progresista de la seguridad social. Por estas horas se encuentra en Recife, invitado por el gobierno de Brasil, el director del BPS Ariel Ferrari. La próxima semana estará en Holanda Ernesto Murro, que en su momento, junto al entrañable amigo don Luis Colotuzzo soportaron intentos de destitución de sus cargos de directores del BPS.

Historia y política van de la mano en su relatividad. Los triunfadores del ayer son los derrotados de hoy. Y quienes creemos que la historia nos ha dado la razón, no olvidemos que nada es permanente. Todo se transforma, salvo el ideario solidario y de justicia social. Transcurrieron 185 años desde que Simón Bolívar dijera que «el sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad, seguridad social y estabilidad política»

En los últimos veinte años nunca ha existido una oportunidad como la presente, a efectos de realizar un debate profundo y transparente sobre la seguridad social. Y de ahí proyectar la idea simple de solidaridad y justicia, formidablemente expresada por el inolvidable venezolano. *

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