Un lugar para los jóvenes

Los dolorosos sucesos ocurridos hace dos semanas en Euskal Erría 70, uno de los complejos habitacionales ubicados al norte de Avenida Italia y en las proximidades del arroyo Malvín, dejó al desnudo la realidad de una sociedad fracturada en la que campea la falta de seguridad y la sensación de desamparo de una clase media depauperada que reclama mayor protección policial y sufre, al mismo tiempo, la impericia y/o los excesos de los propios funcionarios encargados de su protección. Y, como en una nueva versión del aprendiz de brujo, un pequeño incidente desencadenó una tragedia; porque la actitud irracionalmente agresiva de un policía terminó en una casi asonada incontrolable, aprovechada por algunos elementos –víctimas de un modelo que los excluyó y los empujó a delinquir– para cometer desmanes varios.

Como se puede advertir, se trata de una sociedad desestructurada como consecuencia de un modelo profundamente injusto, que ha promovido una grosera concentración de la riqueza cada vez en menos manos, al tiempo que expulsó y marginó a sectores cada vez más vastos. El desempleo y el bajo nivel salarial –o, si se prefiere, la caída del poder adquisitivo del salario real– son dos factores que están en el origen de la fractura social; luego viene la catarata de males sociales: deserción escolar, crisis de la familia, pérdida de valores, graves problemas de vivienda, falta de una correcta atención sanitaria y varios etcéteras que conforman esa realidad social insultante. Este fenómeno ha sido percibido por la población, y no en vano los reclamos prioritarios que el pueblo llano expresa al nuevo gobierno se centran en la aspiración de tener un trabajo estable con una remuneración digna. Tan sencillo como eso.

Ahora bien. Esa realidad social, esa situación explosiva, no obedece sólo a las causas económicas apuntadas. Hay varias facetas a analizar en el episodio de Euskal Erría 70.

En primer lugar, es preciso no caer en esquematismos y tener en cuenta que quienes habitan los llamados asentamientos irregulares (o cantegriles) próximos a los complejos habitacionales de la zona no conforman un grupo social homogéneo. Es preciso tener en cuenta que allí conviven marginales con elementos que siguen perteneciendo (objetiva y subjetivamente) a la clase media pero cuyos ingresos no les permiten acceder a viviendas decorosas.

En segundo término, los sucesos de Euskal Erría 70 han desnudado otra faceta social no menor y que será preciso analizar y corregir con cierta premura. Estamos hablando de la falta de lugar, la falta de espacios y de perspectivas para los jóvenes de que adolece la sociedad actual. Como bien sostiene Gonzalo Beade en Bitácora del jueves 2: «La pobreza extrema y la falta de oportunidades generan frustración, resentimiento, reacciones anitsociales, y es una bomba de tiempo sobre esta ex sociedad integrada. Pero también genera violencia que los jóvenes sean permanentemente marginados, sospechados, indagados, porque hacen con sus vidas lo único que los adultos bien pensantes les permitimos: aburrirse en una esquina».

Será prioritario, pues, diseñar políticas de Estado para la juventud. Las querellas generacionales siempre han existido, pero nunca como hoy es tan palpable la brecha y la incomunicación entre jóvenes y adultos. Será preciso que desde los organismos estatales correspondientes (ministerios de Educación y Cultura, intendencias, Ministerio de Turismo, Deporte y Juventud), con el apoyo de ONG con experiencia en el asunto, se despliegue una tarea que contemple a los jóvenes, que los comprenda y que les dé el lugar que hoy no tienen. *

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