Bernardo Kreimerman y la noche de los abrazos

A treinta días de la «Noche de los abrazos», como lo llamó un compañero, de las lágrimas de emoción surcando rostros de todas las edades, de la alegría desbordante que recorrió todos los barrios de Montevideo y el país todo, a treinta días de la concreción de un sueño, recordamos más que nunca al querido y entrañable compañero Bernardo Kreimerman.

Quizás muchos no saben quién fue Bernardo, pero fue uno de los militantes permanentes, aun cuando la negra noche de la dictadura se instaló en este país nuestro, arrasando todos nuestros derechos.

En esa época Bernardo era un veinteañero como tantos jóvenes que hace treinta días votaron por primera o segunda vez. Estudiaba, trabajaba y arriesgaba, convencido de que llegaría la ansiada «Noche de los abrazos».

Hace cinco años, repentinamente, demasiado repentinamente, Bernardo partió para siempre. Dos días antes, la noche del balotaje, cuando las lágrimas de impotencia y los compañeros y compañeras comenzaron a quebrarse por el resultado del mismo, en un barrio del Montevideo alejado del centro de la ciudad donde había compartido la jornada electoral, con la serenidad que lo caracterizaba, Bernardo decía: «Esto es acumulación, seguimos creciendo, estamos ahí de llegar al gobierno».

Así era él: sereno, conciliador, respetuoso de todos y todas, respetado por todos y todas, y con una gran formación y capacidad política.

Firme, leal con su Partido Socialista y su Frente Amplio.
Firme y leal en el gobierno de Montevideo.

Bernardo era uno de los pilares de ese gobierno de Montevideo, fue quien convocó a aquella enorme asamblea de vendedores ambulantes para discutir el reordenamiento de los mismos, fue quien salía a la calle a controlar, junto a Inspección General, que se cumpliera con lo acordado, y fue justo y firme, respetuoso y respetado, algo nada común ni fácil de encontrar.

Hasta hoy es recordado con admiración y afecto por quienes lo conocieron en aquella instancia. Por los funcionarios del casino, quienes en una etapa posterior lo tuvieron como director, negociador, nada ingenuo, creíble, responsable. Bernardo podría encogerse de hombros y bajar la mirada ante las agresiones o la hipocresía, pero nunca respondía ni actuaba de la misma manera.

Te miraba por encima de sus lentes y escuchaba atentamente, discutía con serenidad, siempre tenía argumentos para defender sus posiciones, no se escondía nada para sí, transmitía seguridad, franqueza; transmitía credibilidad para el colectivo.

Bernardo era de los compañeros que siempre estaban con el celular abierto, para hablar con el compañero que fuera en el momento que fuera, con el intendente por temas de gobierno, con sus compañeros del equipo de gobierno, con cualquier compañero o compañera de un comité de base, no importaba, «hay que tener las orejas bien abiertas», decía…

Bernardo no tenía apetitos tempranos ni obsesiones, hacía para los demás, simplemente porque así se construye la vida entre los seres humanos.

El sabía que la memoria no es sólo una parte importante de la inteligencia, sino una ayuda invalorable a la hora de no cometer errores.

Hoy, en momentos en que todos celebramos la conquista del gobierno, lo extrañamos más que nunca; extrañamos su capacidad, su serenidad, su austeridad, su lealtad, todo esto que hace la ética de un individuo.

Hoy, a cinco años de no tenerlo más entre nosotros, lo recordamos con sus 45 años como tenía, con su bonhomía, con su firmeza, con sus ideales de justicia social y le decimos: Bernardo (o Marcelo como firmaba aquellas cartas clandestinas) seguimos acumulando como tú decías y seguimos trabajando día a día como lo hiciste siempre por la unidad y el respeto a todos con la humildad que te caracterizaba. *

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