A 24 años de una hazaña

Ayer se cumplieron 24 años de un acontecimiento histórico. El proyecto de reforma constitucional de la dictadura fue rechazado por una avalancha de votos que sepultó la pretensión del gobierno cívico-militar de institucionalizar los principios rectores de su doctrina y plasmarlos en un texto constitucional que legitimaría una concepción política profundamente antidemocrática.

Es preciso destacar, también, el papel que cupo a los civiles colaboracionistas que se prestaron al intento de barnizar de legalidad al régimen de facto. Juristas e intelectuales que no vacilaron en poner su capacidad y sus conocimientos al servicio de una causa innoble. Sin embargo, su lucidez no fue suficiente para permitirles advertir que tal propuesta de Constitución era impotable incluso para los sectores más conservadores (que en su momento no habían visto con malos ojos el quiebre institucional), lo que habilitó el rechazo casi unánime de la dirigencia política, incluida la derecha liberal.

Pero independientemente del contenido del proyecto (el texto constitucional sometido a consideración era un engendro autoritario abominable), la población se pronunció contra el régimen que venía padeciendo desde hacía siete años. La gente aprovechó la oportunidad para decir NO no sólo al texto sometido a votación, sino, fundamentalmente, no al golpe de estado, a la presencia militar en el gobierno, a la conculcación de las libertades y garantías individuales, al terrorismo de estado, a la complacencia civil, a la prepotencia y la soberbia militares. Baste recordar al general Queirolo diciendo «A los ganadores no se les ponen condiciones».

Contra todo eso se pronunció el soberano aquel memorable 30 de noviembre de 1980. Casi sin posibilidades de hacer propaganda, sin espacios en los medios, sin prensa (exceptuando la valiosa prédica del semanario Opinar dirigido por el doctor Enrique Tarigo), con dirigentes políticos opositores proscriptos y, sobre todo, con el imperio del miedo, aun así, en tales condiciones adversas, las mayorías silenciosas comprendieron cómo debían votar. El resultado de la votación puede considerarse histórico pues por primera vez un plebiscito organizado por una dictadura para perpetuarse en el poder era desfavorable a sus intereses. Como escribió magistralmente García Márquez, los generales se creyeron su propio cuento. No consideraron necesario preparar un fraude electoral porque estaban seguros de que triunfarían. En todo caso, el fraude fue previo: no se manipularon los votos luego de emitidos, pero sí se intentó manipular previamente a la opinión pública mediante una abrumadora campaña propagandística en todos los medios. Y de esa lucha desigual, salió triunfante –contra todos los pronósticos– la oposición al régimen cívico-militar.

La noche del domingo 30, cuando empezaron a emitirse los primeros resultados, los uruguayos, incrédulos, empezamos a sospechar que las utopías son posibles. Y a pesar de que no fue posible festejar (un comunicado del ministerio del Interior había prohibido expresamente cualquier manifestación popular en ese sentido), nos las ingeniamos para comunicarnos recíprocamente nuestra emoción, nuestra alegría y la esperanza de otro mundo mejor.

El pasado 31 de octubre –24 años después– dimos otro paso hacia ese mundo mejor. De nosotros depende alcanzarlo. *

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