El soberano tiene la palabra

Casi dos millones y medio de ciudadanos están convocados hoy a expresarse a través de las urnas. A decidir y elegir a los gobernantes –presidente, vicepresidente y parlamentarios– que habrán de regir los destinos del país a partir del año próximo.

Los comicios de hoy son los quintos que se celebran en democracia, después del paréntesis dictatorial de doce años.

Mucho terror, mucho tiempo de lucha, muchos sacrificios, mucho dolor, muchos muertos, torturados y desaparecidos fue el alto precio que hubimos de pagar para recuperar el libre ejercicio de nuestros derechos ciudadanos y la plena vigencia de la institucionalidad democrática.

La democracia burguesa no lo es todo. La democracia «formal» es incapaz de resolver los problemas acuciantes de los compatriotas sumergidos. En eso estamos de acuerdo. Pero no es menos cierto que, como dice Ernesto Sábato, «a veces los ideales se degradan en su ejercicio: la maldad y el egoísmo, la vanidad y el hambre de riqueza y la sed de poder, ensucian y bastardean esos ideales. No ignoramos que la famosa Democracia baja a la democracia con minúsucula y, por fin, a la que debe ser escrita entre comillas. Precisamente, la democracia parte de la idea de que el hombre es el lobo del hombre, y para colmo, un lobo corrompible. Y sus principios están de tal manera ideados que tratan de evitar las peores atrocidades que se cometen cuando el engaño reemplaza la verdad y la cárcel a la protesta. Esos famosos ‘tres poderes’ y esa libertad de información son los instrumentos mejor concebidos para lograr que la más perversa de las criaturas vivientes haga el menor de los daños posible. En suma: la democracia es precaria y a menudo despreciable, pero hasta hoy no hemos encontrado nada mejor para alcanzar las futuras comunidades a las que aspiramos».

Aprendimos, después de años de terrorismo de Estado, que la «politique du pire» a nada conduce; que lo peor era, de verdad, lo peor, y que es posible alcanzar metas –y acercarse a las utopías– profundizando los resortes que nos brindan las «formalidades» democráticas. Entre otras cosas, porque –según la sabia expresión de Bertoldt Brecht– «la forma es la organización del contenido».

De modo que, a no despreciar las formas. Antes bien, debemos valorarlas pues ellas nos han permitido expresarnos –a pesar de todos los pesares– y dejar que el pueblo llano se manifieste eligiendo a sus representantes. Huelga decir que somos partidarios de una democracia que no se limite a convocar al pueblo cada cinco años. Hemos pugnado siempre por una democracia participativa y por la plena vigencia, sin cortapisas, de todos los mecanismos de democracia directa, como lo son los plebiscitos y los recursos de referéndum. Asimismo, creemos en la necesidad de que se implementen otras instancias de consulta popular, de diálogo fecundo entre gobernantes y gobernados; instancias en las cuales los representantes rindan cuentas de sus actos ante sus representados, de forma de hacer realidad la celebérrima consigna artiguista –que los gobernantes no deberían olvidar jamás– según la cual la autoridad de todo gobernante emana del pueblo y cesa, automáticamente, cuando éste la reasume con su presencia soberana.

La «presencia soberana» del pueblo uruguayo en las calles y en las mesas de votación dará hoy su veredicto inapelable.

La cita es hoy.

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