Lo que está en juego el próximo domingo

La del próximo domingo no será una elección más.

Ese día se juega el destino del país como nunca antes.

Ese día, los uruguayos tendremos la oportunidad de decidir si queremos seguir vegetando en la mediocridad, en la grisura, en lo anodino y en la desesperanza o si, por el contrario, creemos que otro Uruguay es posible.

Si creemos que un país con varios millones de hectáreas fértiles puede satisfacer las necesidades de poco más de tres millones de seres humanos o si nos resignamos a continuar el proceso perverso que ha llevado a la concentración de la riqueza cada vez en menos manos y a la exclusión de cada vez más compatriotas, dejados al margen del crecimiento.

No es, por tanto, una elección más. Están en juego dos modelos, dos alternativas, dos visiones de lo que debe ser una nación.

Están en juego, también, dos modelos económicos. Y decimos esto a pesar de las expresiones contrarias al neoliberalismo que se han podido oír y leer en boca y en declaraciones escritas del sector mayoritario del Partido Nacional. No dudamos de las buenas intenciones del doctor Larrañaga y de muchos de los dirigentes nacionalistas que lo acompañan; nos consta que en esa vieja colectividad política perviven las enseñanzas y el ejemplo de Wilson Ferreira Aldunate y, más atrás en el tiempo, el legado de Carlos Roxlo, Javier Barrios Amorín, Lorenzo Carnelli, Héctor Lorenzo Ríos y Daniel Fernández Crespo, por no citar sino las figuras más emblemáticas del nacionalismo popular, democrático, antiimperialista y progresista. Pero no debemos soslayar un hecho nada menor: la presencia –y la indudable fuerza– de un sector blanco identificado de larga data con las posturas más conservadoras. Ese apoyo que recibe la fórmula Larrañaga-Abreu –amén de los votos que generosamente ofrecerá el Partido Colorado en un hipotético balotaje– oficiará como un lastre difícilmente superable para llevar adelante las propuestas progresistas que supuestamente se impulsarían en un gobierno presidido por el doctor Larrañaga.

Por eso sostenemos que estarán en juego el próximo domingo 31 dos modelos económicos: el del continuismo y el del cambio de rumbo. Uno, atado a los intereses y a los postulados neoliberales que enriquecieron a pocos en perjuicio de las grandes mayorías postergadas y empobrecidas; y otro que pugnará por encaminar al país en la senda de la producción nacional, del trabajo y del crecimiento con justicia distributiva. Porque el programa que impulsa el EP-FA-NM no olvida que el fin de la economía es el bienestar del ser humano. Contra el axioma del pensamiento único –que, como bien dice Ignacio Ramonet, es una «viscosa doctrina que insensiblemente envuelve todo razonamiento rebelde»–, según el cual lo económico prevalece sobre lo político, es hora de proclamar que la economía debe, necesariamente, estar al servicio del ser humano, y que no hay indicador macroeconómico que valga si el mismo no se traduce en una justa redistribución de la riqueza y en asegurar a los más infelices la satisfacción de sus necesidades básicas.

Los uruguayos deberemos optar entre dos modos de hacer política. Uno, contaminado por vicios endémicos y por las viejas prácticas del clientelismo, del amiguismo y de los privilegios, y otro que hará de la transparencia y de la honradez una cara bandera y una práctica constante.

Como se advierte, es mucho lo que está en juego el próximo domingo.

Porque ese día, los uruguayos tendremos la oportunidad histórica de enterrar definitivamente la ineptitud, la negligencia y la irresponsabilidad criminal de una dirigencia política tradicional que tiene el dudoso mérito de haber conducido al país y a su gente a vivir en las peores condiciones de su historia. *

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