La responsabilidad de ahora
A tan solo seis días de la primera elección presidencial del siglo, parecería que la decisión de los uruguayos está tomada a favor del doctor Tabaré Vázquez, candidato de la izquierda, que propone cambiar algunas de las endémicas enfermedades que se viven en el país. Sin embargo la tarea será difícil, pues se necesita –más allá de las intenciones — adoptar una serie de medidas adecuadas a la coyuntura uruguaya, que determinen consensos y que tiendan a solucionar problemas que, por su gravedad, requieren de la aplicación inmediata de medidas que, obviamente, serán en primer término dolorosas y el producto de un esfuerzo de la sociedad en su conjunto. Entre ellas –obviamente– destacamos la asistencia al casi millón de personas, una tercera parte de nuestra sociedad, que como consecuencia de los males de la política económica, están colocadas bajo la línea de la pobreza.
Durante la demostración del pasado domingo de la que participaron cientos de miles de personas, sin duda, una de las manifestaciones populares mayores que se conocen en la historia del país, observamos el calor humano que despierta el doctor Tabaré Vázquez. Y ello ocurre porque la gente, mayoritariamente, confía en su prédica, en su historia, y tiene confianza en que cumplirá con los mínimos exigidos por la ciudadanía que no quiere seguir viviendo en un país en el que las diferencias en el ingreso se hacen cada día más agudas. Gente que está decidida a acompañar a la izquierda, porque no admite que la burocracia mediocre, producto del clientelismo de blancos y colorados, siga fagocitando al Estado, impidiendo que el dinero que se debiera invertir en tareas de mejoramiento de sectores sumergidos, quede empantanada en esa intermediación pestilente.
También la gente se revela contra la regresiva distribución del ingreso, en la que unos siguen viviendo de préstamos estatales y, cuando le llegan los períodos de bonanza, por el crecimiento de las exportaciones, ni siquiera planteen una readecuación para la devolución de esas obligaciones que, hasta hoy, casi siempre han pasado a la cuenta del olvido.
Tabaré Vázquez, de ganar el próximo domingo la elección presidencial, se encontrará con un país con un funcionamiento distorsionado, de difícil pronóstico, en el cual el clientelismo político ha campeado y donde el dinero del Estado no ha estado al servicio del país sino de sectores que han vivido de él. Un Estado, además, que admite que sectores básicos para el desarrollo del país, como por ejemplo los vinculados a la investigación científica, sean los menos agraciados de la sociedad. Recordemos que un investigador universitario gana sueldos que son menores a los de un maestro, los que — todos sabemos– están entre los ya más bajos de nuestra sociedad, mientras que se admite que sectores parasitarios, con tareas simplemente burocráticas, reciban cantidades sorprendentes.
El apoyo multitudinario que le está dando la gente al doctor Vázquez es emocionante por lo que significa como demostración de confianza, pero tiene también un tono dramático que está dado por la responsabilidad que la sociedad en su conjunto le asigna a un hombre que, más allá de los sectores que apuntalan su candidatura, deberá asumir esa responsabilidad en solitario pues el gobierno estará en su manos y sus decisiones serán decisivas para que el barco de la renovación y el cambio que se pondrá en marcha llegue, lo antes posible, a buen puerto.
Claro, existen urgencias en nuestra sociedad, especialmente las vinculadas con los sectores que, por vivir debajo de la línea de la pobreza, no tienen lo imprescindible para su sustento. Pero, más allá del plan de emergencia, está la ciclópea tarea de reconstrucción de nuestra sociedad, comenzando a modificar las distorsiones en nuestro Estado, que debe ser más justo, pero también menos oneroso. *
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