El fin de una hegemonía
La estrepitosa caída del Partido Colorado que reflejan las encuestas de opinión (téngase presente que ninguna de las empresas encuestadoras le otorga más de trece por ciento del electorado) es un hecho absolutamente inédito en la vida política del país.
Cuando en 1999 el Partido Nacional cayó más de diez puntos porcentuales respecto de su performance de cinco años atrás (en las elecciones de 1994 los blancos habían obtenido alrededor del treinta por ciento de sufragios y en 1999, no llegaron a veinte), los analistas se asombraron del hecho de que una fuerza política con casi 170 años de vida hubiera registrado una votación tan magra.
Pero los datos aportados por las encuestadoras en la campaña actual hablan a las claras de un desastre electoral mayor aun que el sufrido por el nacionalismo hace cinco años.
Y lo insólito es que se trata precisamente del Partido Colorado, el partido identificado con el Estado, el partido que gozó las mieles del poder durante casi un siglo ininterrumpidamente y que gobernó el país durante la casi totalidad de sus ciento setenta y cuatro años de historia: con excepción de los gobiernos de Giró, Berro y Atanasio Aguirre en el siglo XIX y las tres administraciones blancas del XX, la vieja colectividad de Rivera manejó a su antojo los resortes del poder.
Por eso los datos de las empresas encuestadoras están augurando un récord histórico. Este récord histórico ha resultado un cimbronazo que ningún dirigente esperaba, y la posibilidad de revertir la tendencia cuando falta una semana para los comicios se presenta como remotísima. Tal vez a ello se deba el esfuerzo propagandístico desesperado del Foro Batllista, tratando de atemorizar a la población mediante el recurso mezquino de desempolvar fantasmas.
Pero más allá de este hecho sin precedentes, interesa destacar cómo, desde el surgimiento del Frente Amplio en 1971, los dos partidos tradicionales en su conjunto vienen sufriendo una pérdida constante de electorado, votos que fueron ganados paulatinamente por la izquierda.
Esta realidad actual, que nos muestra a los partidos históricos con una adhesión ciudadana de menos de cincuenta por ciento cuando hace cuarenta años sumaban el noventa por ciento del electorado, habla a las claras del desgaste sufrido por ambas colectividades tradicionales. Entre la ineptitud y/o la negligencia de la mayoría de los dirigentes y las prácticas de corrupción de algunos otros, los partidos del statu quo fueron perdiendo credibilidad ante los ojos de la población. Promesas incumplidas, decisiones desacertadas, clientelismo y amiguismo fueron minando el prestigio de colorados y blancos, al tiempo que la izquierda captaba el descontento de la población y lo canalizaba políticamente.
Dentro de una semana se abrirán las urnas y el soberano habrá dictado su veredicto. No es imposible que ese veredicto signifique el fin de una época de escepticismo y el comienzo de un tiempo de cambios. *
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