No siempre es fácil establecer con nitidez conceptual los jalones que marcan el inicio y el fin de una época. Y más difÃcil resulta hacerlo para los contemporáneos, quienes fácilmente pueden (podemos), con absoluta buena fe, autoengañarse acerca de la naturaleza de los cambios de los que son protagonistas y testigos.
Cuando el próximo 1º de marzo asuma la presidencia de la República el doctor Tabaré Vázquez ¿qué ciclo habrá terminado?
¿El de los gobiernos neoliberales posdictadura?
O ¿estará terminando un perÃodo más dilatado aun que se inicia con el acceso al gobierno, en 1959, de los enemigos jurados del Estado de Bienestar, de las empresas públicas, los consejos de salarios y las organizaciones sociales?
O, alzando algo más la mirada, ¿lo que estará terminando será el ciclo durante el cual el paÃs estuvo dominado por los intereses de las grandes familias dueñas de la propiedad territorial, del capital industrial y financiero, del oligopolio mediático y del control del aparato del Estado?
Dicho de otro modo, lo que se estará cerrando ¿será la hegemonÃa del conjunto de sectores conservadores y liberales, que al frente de partidos de base popular y policlasista, impusieron los intereses de las elites polÃticas y económicas deshaciendo en su provecho el proyecto artiguista?
¿Cuánto habrá durado el antiguo régimen?
¿Veinte años después de la dictadura?
¿Medio siglo después de la derrota del neobatllismo?
¿Más de dos siglos después de la derrota de los negros, mulatos, y peones acaudillados por Artigas?
Sea cual sea el corte que elija el analista, lo que es indudable que hoy, la clase alta, las elites del poder polÃtico y económico, lo viven como el fin del mundo, como un salto al abismo.
Y los sectores populares lo sienten como el principio de una nueva era para las grandes mayorÃas.
Y este extendido y consistente sentimiento popular, atributo esencial de una democracia por la que se ha luchado duramente desde abajo, crece más allá de cualquier discurso, de cualquier estilo publicitario que se emplee.
Crece como respuesta a muchos años de frustraciones y mentiras oficiales.
Crece como sentimiento de lo perdido, de lo que a la gente de trabajo se le ha arrebatado.
Crece como hastÃo moral ante la falta de patriotismo, ante la insensibilidad a la pobreza lacerante que sufren cientos de miles de compatriotas.
Crece porque ha habido fuerzas polÃticas y sociales que han denunciado y luchado y porque pese a la represión que han padecido siguen en la lucha.
Crece porque esas fuerzas polÃticas y sociales que han resistido han tenido la inteligencia de encontrar los caminos de su unidad.
Crece porque esas organizaciones sociales y polÃticas han elevado la mira y, conteniendo y por encima de los intereses corporativos, incorporándolos, han construido un proyecto de paÃs viable, creÃble, un paÃs de verdad y justicia, donde la posibilidad de ser dichosos, cultos y libres no sea para un núcleo reducido de uruguayos sino para todos.
¿Qué jingle, qué avisito, que amenaza de los viejos lÃderes de gruesa cáscara politiquera podrá detener ese impulso para un paÃs mejor y más justo?
El ciclo largo se termina. Y se termina por razones tan profundas y por efecto de un agotamiento tan a fondo de los viejos estilos y programas que ya no hay en las elites dominantes fuerzas como para detener el cambio. Era hora. Bienvenidos sean los tiempos del cambio. *
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