Juguemos en el bosque
«Todo el exceso de soberbia, de voluntad y de autoridad que, aun durante sus días más tranquilos no había podido usar, habían pasado a su muerte, a esta muerte que ahora se había alojado en Ulsgaard y lo envilecía». Así describía Rainer Maria Rilke el deceso de un personaje terrible que ejerció un poder omnímodo en vida y en el final, arrastraba a toda una comunidad en el sobrecogimiento y la incertidumbre. El símil literario con la realidad que nos acontece resulta –valga el término de moda– patético. Es triste ver el final de un personaje arrogante que para colmo se niega a dar paso a la historia (y dar su correspondiente paso al costado) y aceptar que su participación en ella no va a ser épica, ni siquiera dramática. Apenas patética.
Tanta suficiencia, tanta apelación a un futuro que supone afín a sus elucubraciones termina en este fin de fiesta que arrojó a la miseria y a la marginación a la mayoría de los ciudadanos. Tanta modernidad, tanto foro académico para terminar en este apolillado anticomunismo, en esta trasnochada, desvelada, febril obsesión antitupamara.
Los muertos que vos matáis, soberbio y ampuloso doctor, gozan de buena salud. Porque lo que usted instaló durante años, el miedo a los militares, el miedo al cambio, el miedo al poder, ya no tiene vida. Los cucos, el viejo de la bolsa, los lobos (¿o el oso ruso?) pasaron a retiro de por vida. Muy parecido a un señor mayor que sentado en un banco de plaza, en un spot de la campaña remeda a esos jubilados que ninguneó desde el poder y ahora pretende darle consejos a unos pibes que, embolados le escuchan dictar sentencias, avizorar amenazas que nadie cree.
Usted no va a conseguir envilecer la fe de los ciudadanos. Usted, como decía el General Seregni, no va a trampear nuestro destino. Usted está empeñado en ingresar en el juego sucio, en convertir en un show mediático la hora de la verdad en que aflora con todo su dramatismo su proyecto de sociedad que se demostró no sólo ineficaz para administrar justicia social sino que se desmerece en el mundo entero por acentuar las desigualdades. Cruel ironía, el país está creciendo y en Artigas, donde se mostró por primera vez ese cuco tupamaro que lo desvela, los niños se mueren de hambre. Pero usted sigue negando que existan líneas de pobreza que marcan a fuego el futuro de las nuevas generaciones. Parece mentira, los desastres de la política que usted patrocinó le están dando la razón –sin disparar un solo tiro– a esos que usted asume como sus enemigos que prematuramente vislumbraron las iniquidades de que hoy somos testigos.
La vida de una sociedad no es una sesión de matinée. Aquí pasan cosas que ponen los pelos de punta pero las películas que usted programa ya no las pasan más. Las películas de terror, aunque usted prefiere las de ciencia ficción, suceden en los hogares de los asentamientos, en la vida de los niños en situación de calle, en las jóvenes que se prostituyen en racimos en cualquier esquina de Montevideo, en los jóvenes sin educación y sin trabajo que se hacinan en las cárceles. En los ahorristas que vieron a un hato de ladrones de cuello duro arrebatarles los ahorros de toda su vida y decidieron quitarse la propia. En los miles de uruguayos que dejaron de creer y marcharon al exilio. En los trabajadores que perdieron su ocupación y su rol en la autoridad familiar. Y no es del caso seguir porque esta película dura más que «Lo que el viento se llevó». Pero si usted insiste en esta línea del esparcimiento, juguemos. Juguemos en el bosque porque el lobo ya no está.
– ¿Lobo, está? – No, estoy preparando el discurso sobre la inseguridad jurídica. El mismo que debiera ventilar en la dirección de su partido. Porque el tironcito de orejas entre cuatro paredes para los que hicieron de la administración pública una cloaca, no alcanza. Sería más indicado enviar los antecedentes a la Justicia. El estatus político, no redime a nadie de comparecer y apaniaguar a sus seguidores no parece ser un buen ejemplo para la ciudadanía. ¿O será que teme que la justicia –con toda seguridad— termine desmereciendo la carrera de tan probos y abnegados servidores de la patria?
– ¿Lobo está? . No, estoy poniéndome los ojos en la nuca. Quién diría, usted siempre con la mirada preclara, avistando futuros venturosos y ocultando con premeditación los sucesos que enlutecen el pasado y el presente de muchas familias uruguayas. Usted que siempre proclamó el olvido y el borrón, hoy da vuelta la página pero para atrás. La vehemencia con que agita la bolsa de los recuerdos le impide razonar que son tan dolorosos los hechos que ventila como los que oculta debajo de la alfombra. Con la salvedad de que los autores de los que usted destaca pagaron con creces sus errores, con cárcel, tortura y muerte. Y a los autores de los que usted ignora, usted mismo les extendió un salvoconducto cuando blandió a la sociedad la amenaza de la vuelta de los militares, cuando se negó a investigar lo que la propia ley de caducidad indicaba, cuando negó información a familiares que sólo reclamaban saber la verdad sobre lo que todos sabemos.
– ¿Lobo estás? No, estoy poniéndome el disfraz de tolerante. Resulta paradójico cuando todos recordamos su jactancia asegurando que jamás perdió una huelga. Linda manera de auspiciar un clima de diálogo, de buscar soluciones y armonía. Entregando plaquetas que nadie solicitó y que ni siquiera a los jurásicos personajes del «proceso» jamás se les pasó por la cabeza. Seguramente para convocar a la paz y al entendimiento entre los orientales. Eso sí, para debatir, debates son los que se ponen en escena para su mayor gloria en foros que usted mismo concierta. Donde su vanidad le permite ocultar que las verdaderas academias no accedieron a su solicitud de reconocimiento porque los reconocimientos se ganan, no se solicitan.
Este juego va llegando a su fin, sobreactuado pero sincero doctor. Nadie puede negar que usted se la juega por sus convicciones pero no pretenda que le sigamos el juego. Si pretende adquirir la estatura del referente que le inspira, recuerde que Don Pepe aseguraba que «…resulta dolorosamente irrisoria la suposición de que pueda existir alguna libertad en las relaciones del trabajador y el capitalista, cuando aquél, urgido por el hambre, se ve forzado a aceptar cualquier situación». Las cosas están cambiando; no pretenda entonces que aceptemos hoy cualquier situación. Menos aun, que tengamos miedo. Aplaque sus rencores y asuma como Batlle y Ordóñez cuando mencionaba a los revolucionarios de Saravia como «los caídos en el no siempre claro camino del deber». Porque esos tupamaros que usted siente sus enemigos, cayeron y se pusieron nuevamente de pie para derrotar junto con los blancos, los colorados, los frentistas y todos los uruguayos a los verdaderos enemigos del pueblo: el hambre, la marginación y la ignorancia. Hoy es un país el que juega a ganador, otros desafíos nos esperan. Ponga el atento oído al son de sus reclamos, porque puede ocurrir que más temprano que tarde le condenen con las palabras con que León Felipe condenaba al sordo y soberbio dictador: «Mas yo te dejo mudo/ y cómo vas a recoger el trigo y a alimentar el fuego / si yo me llevo la canción». *
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