Ese Presidente se terminó
El título surge parafraseando a los autores de la nota sobre el azúcar publicada en la contratapa de LA REPUBLICA el martes 12, en la cual, transcribiendo a Jorge Batlle, los autores le atribuyen haber dicho en Artigas lo siguiente: «El azúcar no existe», agregando, «esa industria se terminó». Dichas expresiones, transcriptas como corolario de la argumentada nota titulada «Uruguay: el azúcar resiste», escrita por gente de Artigas y Bella Unión, vinculada a la agroindustria azucarera, vital todavía para aquella región, como lo fue en otros tiempos para otras, convertidas hoy, tras su desaparición, en centros de pobreza. Una de las tantas «obras» de Batlle, enconado enemigo de aquella agroindustria, subsidiada según él por toda la población, «obligada» a pagar un par de pesos más el kilo de la producción nacional. Aunque así hubiere sido, por los siglos de los siglos, nunca hubiera alcanzado ese «sacrificio» de la sociedad a equiparar en su monto al brutal despojo perpetrado contra ella en favor de la delincuencia banquera. Y como con el azúcar, con todas las cosas. Por ello los niños comen pasto en Bella Unión. Por las concepciones y decisiones del Presidente que se termina, expuestas crudamente cuando era senador en febrero de 1986, en ocasión de dictar en el Senado la partida de defunción del ingenio azucarero de Mercedes, historiando de paso sobre los padres teóricos del neoliberalismo, desde Adam Smith a Roberto Malthus. No obstante, el pueblo uruguayo, desconociendo esos entretelones y otros de cuarenta años de vida pública, lo ungió Presidente. Con los resultados conocidos.
En el mes de setiembre LA REPUBLICA había publicado también expresiones de Tabaré Vázquez durante su gira –precisamente– por el departamento de Artigas, similares a las efectuadas un par de días antes en el departamento de Salto, definiendo como «absolutamente prioritario y necesario» el tema de la plantación de caña de azúcar para «producir azúcar nacional», incluso «si es necesario, subsidiado por el gobierno». De modo que algo tan sencillo, para solucionar la situación social de miles de compatriotas, pasa por la cabeza del candidato. Como creo que Tabaré hace lo que dice, existe la posibilidad de solucionar rápidamente, sin necesidad de asistencialismo, la situación de vastos sectores ligados durante 50 años a la agroindustria azucarera, desmantelada por Batlle y Sanguinetti. Por lo menos en los lugares donde todavía existen ingenios en condiciones de funcionamiento. No es, por ejemplo, el caso de Soriano, donde el gobierno –nacional y departamental– y cómplices privados, lo deshicieron, perdiendo el país decenas de millones de dólares.
El ejemplo de Brasil
La vecindad de Brasil ha sido esgrimida por los sepultureros de la agroindustria azucarera, los mismos que prefieren el ALCA al Mercosur. Y si bien es cierto que Brasil aumentó su producción azucarera en casi un 50 por ciento en los últimos diez años, pasando los 10 millones de toneladas anuales, no es menos cierto que lo hizo sobre la base de los subsidios estatales creados para sustentar el programa de alcohol carburante, creado hace más de veinte años, en virtud del cual el azúcar pasó a ser un objetivo secundario frente a la producción de alcohol. Ello, en previsión de lo que está sucediendo ahora con los precios del petróleo. Crearon muchos miles de puestos de trabajo, sobre todo en zonas rurales con bajo índice de ocupación, y expandieron la capacidad industrial, además de innovar tecnológicamente y preservar el medio ambiente.
El programa brasileño «Proalcool», pensado para redituar cuando el precio del barril de petróleo superara los 30 dólares, es un ejemplo de las denominadas «políticas de Estado». Lula era todavía un obrero metalúrgico cuando se implementó el mismo. Hoy, con el barril a 55 dólares por lo menos, los brasileños –que también han encontrado petróleos livianos en su plataforma continental– pueden continuar adelante con su programa, produciendo alcohol carburante y azúcar. Han obtenido incluso un resonante éxito en la Organización Mundial del Comercio, ante la Unión Europea, reconociendo esta última –so pena de sanciones– que deberá dejar de subsidiar a sus productores, sea para el mercado interno sea para la exportación. Porque es sabido que al igual que con el trigo, los gobiernos europeos pagan a los productores tres o cuatro veces el precio internacional de dichos commodities.
Brasil, defendiendo sus intereses y a la luz de la nueva situación, va ahora a colocar un millón de toneladas más de azúcar refinado en los mercados europeos, a un promedio de 400 dólares la tonelada, lo que representa anualmente 400 millones de dólares de ingresos.
Interin, aquí todavía algunos no pueden contestar la interrogante sobre cómo solucionar el hambre y los problemas sociales en Artigas, así como en otras partes del país, creando las condiciones para un desarrollo sustentable, alentando la producción, buscando alternativas frente a posibles ventajas comparativas. Asociar la producción agrícola a la definición de políticas energéticas –tal como plantean los autores de la nota que motivó la presente– es una propuesta sensata y realista. Factible de estudiar, obviamente, una vez que podamos decir aliviados: «Ese Presidente se terminó». *
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