Una campaña de terror

A menos de dos semanas de la realización de los comicios nacionales, la campaña está tomando un giro peligroso.

Lo que en un principio había sido la estrategia de un sector de uno de los partidos tradicionales parece haberse institucionalizado como leit-motiv del discurso de las dos colectividades históricas. Poco a poco –y con contadas excepciones– los otros grupos colorados y blancos se han venido alineando junto al Foro Batllista y hacen suya la prédica del sector sanguinettista, tal vez como último recurso ante el avance incontenible de las fuerzas progresistas.

Las propuestas programáticas blancas y coloradas han sido paulatinamente dejadas de lado en el discurso continuista, para dar paso a un recurso de baja estofa: instalar en la comunidad, en la conciencia del elector, la idea de que un triunfo de las fuerzas de izquierda significa un serio riesgo para la población, una amenaza a la paz, al bienestar y al desarrollo.

La descalificación de las propuestas del adversario forma parte habitualmente de toda campaña de propaganda electoral, por lo que en modo alguno el recurso a tal táctica puede ser visto como un agravio, en la medida en que ello instale una polémica esclarecedora. El problema se presenta cuando se tergiversa la realidad de modo grosero; cuando se tuerce el sentido de las propuestas; cuando se las interpreta maliciosamente; cuando se miente.

Ahora bien, con ser condenable, este recurso empleado por los partidos tradicionales se opaca de manera notoria frente al otro recurso estratégico que, estrenado por el Foro Batllista, recoge hoy la adhesión ferviente de los demás grupos y sectores tradicionales y que consiste en instalar en la población, no ya la duda sobre la pertinencia de un programa o sobre la capacidad de los dirigentes, sino la idea de que determinada fuerza política es antidemocrática e intolerante. Para ello se insiste, machaconamente, en recordar el pasado guerrillero de algunos dirigentes de un sector de las fuerzas de izquierda, de modo de crear en la conciencia de la gente la identificación de las fuerzas progresistas con el fantasma del estalinismo y la violencia.

Sin embargo, no contentos con tal prédica falaz (o tal vez advirtiendo que no da los réditos esperados), los principales dirigentes colorados y blancos han incorporado otro elemento capaz de generar temor. Ahora se trata de ir generando un clima de alarma y de inseguridad mediante anuncios de incidentes que algunos militantes de la izquierda se encargarían de provocar en lo que resta de campaña y el día de las elecciones. A pesar de que el jefe de Policía expresó claramente la semana pasada que no había motivo alguno de preocupación en ese sentido, el mesurado Stirling y ciertos dirigentes nacionalistas unen sus voces al coro agorero advirtiendo sobre posibles actos de violencia. Se habla de las «manifestaciones de violencia por parte de militantes del Frente Amplio que no son sancionados por sus dirigentes» (Stirling) y de «la creciente agresividad de militantes del Frente» (presidente de la Departamental del Partido Nacional, José M. Mieres). El senador aliancista Carlos Garat va más lejos: «Si el Frente no gana, va a intentar cualquier cosa para invalidar la elección porque la frustración va a ser muy grande y no lo van a aceptar. Y si gana, veo que hay un sector mayoritario del Frente que está en una actitud revanchista y agresiva que a uno lo hace dudar sobre la actitud que puedan asumir».

Tales augurios carecen de todo asidero y no resisten el menor análisis. En primer lugar, las provocaciones han provenido de tiendas tradicionales contra locales y militantes progresistas y no por parte de éstos. Y en segundo lugar, no es creíble que la fuerza política que se perfila como triunfadora adopte tácticas que sólo podrían perjudicarla.

La provocación, el agravio, la agresividad son recursos de los perdedores. Los militantes y dirigentes del EP-FA-NM deben extremar cuidados para no responder a las provocaciones. *

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