El debate impostergable
Ahora que el fragor del debate (¿combate?) ha pasado, es oportuno reflexionar sobre los contenidos que el término «debate» proporciona a un espíritu observador. El vocablo debatir proporciona una inquietante oportunidad para escudriñar en sus significados y derivaciones.
Debatir es un arte dialéctico que equivale a oponer posiciones en la búsqueda de una síntesis. Algo de esto atesoraba Antonio Machado cuando decía, «¿Tu verdad o mi verdad? No, la verdad y ven conmigo a buscarla».
Nada de este espíritu pareció estar presente en el demandado y desairado debate que se ventiló en estos días. Porque en esa instancia nada indicó que seriamente se estuviera en la búsqueda conjunta de la verdad. El desafiante antes bien, quiso subirse al ring a toda costa, por si acaso con un jab inesperado alcanzaba la quijada del desafiado y conseguía tumbarlo en la lona. Y que le cuenten. O le descuenten. Puntos de la preferencia electoral, votos de las urnas que permitan si no ganar la contienda, quizás aspirar a una revancha en noviembre. Porque de eso se trató: no de dilucidar propuestas ni de esclarecer al electorado. Se trató de robar votos, robar cámara, un minuto de gloria antes de que se apaguen las marquesinas.
Y el desafiado, como en el truco cuando se está a punto de ganar el partido, ante la falta envido contestó no quiero y andá a laburar.
Pero la ocasión es propicia para atender a algunas propuestas muy próximas a debatir. Como por ejemplo, rebatir. Qué tal rebatir el cargo (de conciencia) que significa haberle hecho la cama a todas las propuestas de una malhadada coalición y cuando las campanas de la justa electoral sonaron a rebato, abandonar el barco y disimular una nunca demostrada simpatía por la causa popular.
Qué tal rebatir a quienes aseguran que su candidatura está asentada a lomo de caballo de lo peor de la derecha. Porque ese pingo no llega al destino que se han trazado sin el apero de la derecha. Más aun, la peonada puede tirar para las cuchillas pero el patrón tira para las casas. ¿Tendrá libertad el capataz para tomar su propio camino?
Consideremos otra vertiente: el concepto de abatir. Quizás abatidos han quedado los espíritus de los desafiantes, desairados, ignorados, irritados. Preguntémonos entonces cómo deben estar los espíritus de los postergados de siempre. Los que no sólo no fueron atendidos sino deliberadamente ignorados, los que perdieron sus trabajos y su lugar en la sociedad, los que vieron irse a lo mejor de sus vidas, sus hijos, al desarraigo y al extrañamiento en tierras lejanas.
Pero sin embargo no están abatidos. Están entusiasmados porque avizoran una solución a partir del 31 de octubre. Una solución para abatir los índices de pobreza y marginación. Para abatir la desocupación que pese a que crece el producto no se refleja en el bolsillo de los humildes. Para abatir la soberbia que los ha ninguneado, que ha privilegiado a los privilegiados de siempre, los que han desmantelado los servicios sociales, la salud, la educación, la construcción de viviendas dignas.
Que saben que no va a ser fácil y que depende de todos que las respuestas lleguen, que van a pedir cuentas y que van a trabajar, activa y ordenadamente para construir, ahora sí, el futuro de sus hijos.
Será más indicado entonces apoyarse en el concepto de combatir. Habrá que combatir ahora, voto a voto, para que en la recta final no aparezcan piedras en el camino. Para que las provocaciones no despierten ánimos beligerantes que sólo favorecen a los que se oponen a la causa de los pueblos. El que se calienta pierde. Y hemos esperado mucho para estropear esta hora. Habrá que combatir el miedo y la duda de los que todavía no se deciden a tomar el futuro en sus manos. Habrá que combatir la confusión y la ignorancia que pretenden introducir en la campaña. La falacia de los que pretenden confundir a luchadores sociales que pagaron con tortura, cárcel y muerte su compromiso con la sociedad, con los que amparados en la ambigüedad de las leyes, en la protección de políticos venales y en el poder de dineros malhabidos, depredaron durante varias décadas el patrimonio de los orientales para su enriquecimiento obsceno.
Porque después sí que va a ser necesario combatir. Combatir la deshonestidad, combatir a los que hoy se retiran dejando el campo minado, con deudas a futuro que como siempre las paga el pueblo, con compromisos con potencias extranjeras que firman a espaldas del sentir nacional, con nombramientos de funcionarios afines a sus dictados en puestos clave, para poner el palo en la rueda a los que llegan a gobernar.
Pero también combatir la desesperanza, las visiones fatalistas y las urgencias desmedidas. El presidente Lula dijo al respecto: «Los cambios estructurales van a acontecer en este país. Pero esto es como recoger una fruta. No ayuda que la gente, por apresuramiento, la recoja verde. Porque la gente la va a comer, no le va a gustar y la va a tirar». Y establece que la única garantía de seriedad y efectividad de los cambios es la participación de la sociedad civil. Porque es ella la que va a realizar los cambios junto con el gobierno que ha elegido.
Hace unos meses, los actuales socios del candidato desafiante llamaron a un debate impostergable. Justo ellos que no reunieron ni consultaron a sus bases en los últimos quince años. Cruel ironía que el pueblo supo registrar. El pueblo ya debatió. Se debatió como pudo para resistir y construir este camino de esperanza que hoy se abre. El pueblo ya los juzgó, no precisa un espectáculo mediático para saber dónde están los que lo representan de verdad, dónde está su lugar y ocupar el papel protagónico en el momento del cambio.
Quizás les corresponda a los desafiantes asumir una última acepción de debatir. Batir, o batirse en retirada. Tarde se acordaron que la causa de los pueblos no admite la menor demora. *
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