Al hombre público, casa de vidrio
La monarquías europeas siguen castigando con penas de cárcel toda expresión que «lesione la honorabilidad», de los monarcas o de su familia. Hoy son más bondadosos; en otros tiempos la no genuflexión de la plebe ante el paso del monarca era penado con latigazos. Los monarcas, y sus émulos republicanos, llamados presidentes, saben por tradición familiar que la más inocente pérdida de respeto puede a la larga hacerles perder la cabeza… En tiempos modernos, la mayor república imperial que conoce la historia, fue descabezada por un acto privado del presidente. Seguramente que esa cabeza no volverá al Salón Oval. No por la originalidad del hecho en sí, sino por la habilidad de sus poderosos enemigos, que organizaron un costoso operativo para desalojarlo a él y a su partido del gobierno..
Uno de los más grandes chantajistas del poder se llamó Hoover, el que se entronizó durante veinticinco años en el FBI, gracias a su enorme poder sobre hombres y partidos, aprovechándose de su información sobre las «vidas privadas» de los «hombres públicos». Si, como dicen los ingleses,»todos tienen un esqueleto en el ropero», sus agentes lo encontraban. El único presidente que intentó, luego de la muerte de Hoover, echarle mano a sus temibles archivos, en un intento de liberar a los políticos norteamericanos del secular chantaje, fue Nixon. Y todos sabemos la suerte que corrió, cuando le «armaron la cama» de Watergate…
Los que manipulan el poder desde las sombras, se valen del chantaje personal, torciendo voluntades políticas gracias a las humanas debilidades. Es sabido que al vicioso lo extorsionan, al pusilánime lo amilanan, al ambicioso lo compran y al temerario lo matan. La privacidad en un hombre público es como la contabilidad de una empresa. No puede haber doble contabilidad. Donde hay doble contabilidad, hay fraude. Las debilidades personales de los hombres públicos, tarde o temprano, terminan siendo usadas por los enemigos de quienes los llevaron al cargo, sus inocentes electores. Al elegir la vida de servicio público se termina la privacidad. No hay cuentas privadas, ni propias, ni familiares.
No hay amistades intrascendentes, ni vicios privados que no tengan incidencia sobre sus actos públicos. Porque el hombre público aspira a cargos de especial confianza en el colectivo social. Tiene poder de vida o muerte sobre su pueblo. Sus acuerdos con poderes extranjeros pueden decretar la ruina general. Hoy no está en juego la geografía, sino su manejo, la política económica. Es por tanto una cuestión de soberanía y de supervivencia nacional.
La prueba más evidente de que la corrupción es entre nosotros institucional, son los diversos «velos» con que se tapan los rostros los actores públicos. Un país organizado por gente juramentada. No hay que preguntar, no hay que dudar de la excelencia de los hombres que están al frente. Hay que depositar el dinero en los bancos, confiando en los banqueros. Hay que comprar acciones privadas sin pedir antecedentes a directores y gerentes, administradores del capital empresarial. Secreto bancario, tributario, judicial, societario, garantizan fraudes y evasiones impunes.
Para ocultar el «cuerpo del delito» a la probanza, permisivos legisladores legitimaron el secreto.
Este sistema conspirativo ha corrompido el Estado. Los funcionarios han perdido el juicio crítico y la iniciativa de gestión. Se les impone la obediencia a oscuros personajes, descalificados para cualquier tarea, como superiores.
Hace décadas que la carrera administrativa ha sido aplastada por la política. La connivencia con el abuso de función, el intercambio de favores y «vistas gordas» mutuas, lo han degenerado todo.
Se ha llegado al colmo de inventar escalafones privados paralelos, vía de «contratos de obra», o «cargos de especial confianza». Ejemplos al canto, el Correo y Salud Pública… En pleno raje, dan sus últimos golpes contra el patrimonio nacional, entregando carteras de deudores y puertos, a la voracidad foránea…
Pese a no haber sido reglamentado, existe en nuestra constitución , el art. 25, que dice:
«Cuando el daño haya sido causado por sus funcionarios, en el ejercicio de sus funciones o en ocasión de ese ejercicio, en caso de haber obrado con culpa grave o dolo, el órgano público correspondiente podrá repetir contra ellos, lo que hubiese pagado en reparación.»
Estamos cansados de sombras chinescas, de marionetas cuyos hilos se pierden entre las bambalinas…
Para empezar bien, al «hombre público», casa de vidrio. *
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