Radiografía de la injusticia
La semana pasada la IMM y la ONG El Abrojo dieron a conocer los resultados de un relevamiento llevado a cabo en el departamento de Montevideo.
Bajo la forma de «Mapas de inclusión y exclusión», la realidad económica, social y cultural de la capital del país ha quedado patéticamente retratada. Las cifras no hacen sino confirmar la visión subjetiva de los actores locales y de la opinión pública en general, al tiempo que justifican lo que desde la izquierda se ha venido sosteniendo en cuanto a la profundización de la brecha entre ricos y pobres y a la descomposición del entramado social.
Esta realidad sublevante explica, por otra parte, la vertiginosa caída de los partidos tradicionales –ambos por igual responsables de aplicar con entusiasmo una política económica nefasta– en la adhesión del electorado. Obsérvese cómo la izquierda, expresada políticamente en lo que hoy es el EP-FA-NM, ha venido exhibiendo un crecimiento sostenido en relación inversamente proporcional al retroceso de los partidos Colorado y Nacional.
Pero volviendo al asunto que nos ocupa, los mapas permiten confirmar, también, las variaciones escandalosas entre los diversos barrios montevideanos. Mientras en Pocitos y Punta Carretas se registra un seis por ciento de niños pobres, el índice trepa a un insoportable ochenta por ciento en el Cerro. La coqueta capital uruguaya ostenta así contrastes indecentes, característicos del Tercer Mundo.
Se ha dicho, con magnífica ironía, que un viaje en el ómnibus 128 podría conducirnos, en apenas algo más de veinte minutos, desde el primero al tercer mundo sin solución de continuidad.
No obstante, un itinerario turístico puede evitar al visitante la visión de la pobreza; y del mismo modo, el montevideano medio que no deba transitar en las proximidades de cantegriles y zonas de marginación podrá soslayar esa incómoda realidad y creerse que su ciudad sigue siendo la tacita de plata de contrastes menos brutales. El problema se presenta cuando la pobreza y la marginación –convenientemente mantenidas en sus lejanos reductos para no alarmar a propios y forasteros– se las arreglan para emerger en medio de los barrios prolijamente urbanizados, como diciendo «aquí estoy», para escandalizarnos con su insolente presencia y recordarnos que, junto a un Montevideo costero que se parece al Primer Mundo, coexiste un submundo de miseria y exclusión: una realidad que nos negamos a ver y que nos cuesta aceptar.
Del mismo modo que los carritos de hurgadores, los niños y jóvenes que piden limosna directamente o en forma encubierta mediante la venta de baratijas, la limpieza de parabrisas o la exhibición de sus destrezas en juegos malabares, perturban la vida más o menos apacible de las clases alta y media, o lo que queda de ésta.
Los mapas denuncian que sólo un treinta por ciento de la población del departamento participa de los mejores niveles de vida y de las principales oportunidades sociales: viviendas decorosas, bajo índice de desempleo, correctos niveles educativos, alimentación adecuada, etcétera. Por el otro lado, tenemos un alarmante veinticinco por ciento de montevideanos que viven en la zona oeste y noreste, donde se verifican las mayores concentraciones de pobreza, de hacinamiento, de desempleo, de ciudadanos sin educación.
El deterioro económico –por más que aumenten las exportaciones y que muchos hablen de reactivación– sigue generando degradación social, miseria y exclusión. *
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