¡Vamos a parar la mano!

Sería reiterar conceptos decir que el país necesita urgente cambio de gobierno. Al que venga, aunque quisiera, le sería difícil empardar lo malo que ha sido este. Tampoco sería original o novedoso si, como blanco y nacionalista, afirmase querer que fuese mi partido el que tomara la «posta». Pero el deseo, fuera de lo mero deportivo, tiene otra filosofía y finalidad. Desde el punto de vista ético, principio fundamental impuesto por el vasco Oribe, debe de haber una conducta no sólo en cuanto a la honradez propiamente dicha material, léase «cortar con la mano en la lata», sino en cuanto al respeto por el resto de la ciudadanía que incluso honestamente discrepa con nosotros ideológicamente, pero que es tan oriental como el que más. Por el hecho de no ser blanco, a ningún correligionario se le pasa por la cabeza descalificar o demonizar al que no lo es.

Hay frentistas excelentes, honrados y capaces y hasta colorados aceptables. Por el hecho de pasar mañana por el «confesionario» blanco, nadie se «santifica» de repente. La semana pasada era un canalla y un corrupto y hoy porque se «metió» debajo de nuestro «paraguas» es un buenazo, inteligente y macanudo. Pedir disparate mayor, imposible. Tampoco meterse en la vida privada, familiar o doméstica rozando honores personales es permitido ni siquiera imaginado en nuestra colectividad. No se nos ocurriría por ejemplo ni al gaucho, ni a mí ni al portero de agrupación nacionalista alguna, ocuparnos de los problemas del intendente Arana y sus conocidos conflictos municipales ya perimidos con su antiguo asesor y amigo Areán. Por supuesto son todos «dimes y diretes» canallescos que hay que despreciar. No entraremos jamás en ello porque no nos gusta la calumnia o el invento. ¡No es de blancos! Pero con el mismo respeto que nosotros no empezamos a decir «barbaridades», exigimos la recíproca como válida. Salvo claro está, que sean ciertos y probados los determinados «cargos». En cuyo caso se justifican las denuncias. Los blancos sabemos ser muy duros.

Y con quien hemos sido más duros aun, incluyendo las «sospechas» racionales, ha sido con los propios compañeros cuando se convencionan «desaliños» de conductas. Es notorio. Existe institucionalizada en el partido una comisión de conductas integrada por viejos e insospechados «popes» que ante denuncias reales juzgan, incluyendo expulsiones de la colectividad como ya ha sucedido. No somos más puros pero tampoco menos que nadie. Pero lo que tampoco admitimos, hasta por un elemental principio de solidaridad sin perjuicio de la justicia, es que se roce ni con «el pétalo de una rosa» el honor de ningún blanco y con más razón de un jefe partidario cuando estamos convencidos de que es «derecho, cristalino y digno». No se puede permitir que un sujeto desde un pasquín repudiable agravie a una familia entera que, da la «casualidad», es la de un candidato presidencial de nuestro partido. Me consta que Tabaré lo debe de entender.

Hemos sostenido que ganemos o no estamos dispuestos al diálogo e integración de un gobierno de consenso. No somos macartistas ni se anda a la caza de brujas descalificando selectivamente por ideologías. La patria necesita de sus mejores hijos. Y es obvio que no «todos» están en el partido blanco. Honestos, dignos y capaces los hay en todos lados. Lo es Larrañaga y lo es también Tabaré. ¡Que se junten a discutir si es necesario! Como también «hijos de puta» los hay en todos lados. ¡Sugiero excluirlos por profilaxis ético política futura en todos los partidos! O sea, sobre estas bases tan elementales como lógicas se puede empezar a manejarse. No se puede hacer política, lo repito, en base a culturas de odios y desquites. Si con el deseo muy legítimo de ganar empezamos a tirar con rencores las «luchas de clases», «explotaciones al proletario», «desigualdades e injusticias sociales», etcétera, que por supuesto las hay y seguirá habiendo en el mundo y que se arrastran ideológicamente desde la era del «maquinismo», nos vamos a morir de aburrimiento sin solucionar los problemas justamente de los más necesitados. La etapa de los «boyardos» explotando a los pobres «mujics» fue en Rusia en el siglo XIX y principios del XX, como plataforma política. Historia que fue real. Pero historia al fin. Un poco vieja. En el Uruguay no hay «boyardos ni mujics» ni jamás los hubo a ese nivel. Sí, hay muchos «vivos» vernáculos que se venden a los imperios políticos económicos y multinacionales extranjeras que explotan al pueblo trabajador y sus riquezas legítimamente generadas.

Si bien la historia de la explotación del hombre por el hombre se repite, las realidades son distintas.

Con diálogo, comprensión, patriotismo, un buen churrasco y mejor «tintillo» de bajómetro pa’ la buena digestión, se pueden solucionar los peores temas. Con calumnias, puteadas y balazos, no. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje