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En medio de la campaña electoral se ha instalado –tal vez sin que nadie se lo propusiera– un debate singular y quasi surrealista: el debate a propósito del debate.
En medio de los jingles, de los spots publicitarios, de las pegatinas y pintadas, de las caravanas, de los discursos, de las concentraciones, de las entrevistas, todas actividades propias de cualquier campaña electoral, uno de los candidatos a la Presidencia de la República cree del caso reclamar la atención de la opinión pública con la exigencia –a esta altura, francamente caprichosa– de debatir públicamente con uno de sus adversarios (con transmisión televisiva en directo, desde luego). Ya nos hemos ocupado reiteradamente del tema, pero la insistencia machacona y casi pueril en el desafío –y sobre todo el hecho de convertir el reclamo de un debate en centro de la campaña– nos obliga a reafirmar lo ya dicho.
Más allá de las razones del Encuentro Progresista-Frente Amplio-Nueva Mayoría para declinar la invitación del doctor Larrañaga a un debate público, y sin entrar a evaluar la conveniencia estratégica de tal decisión, entendemos absolutamente desmesurada la trascendencia que se da al asunto. Consideramos que, mucho antes de lanzarse la campaña electoral, la ciudadanía viene asistiendo a un debate entre los diversos actores políticos, y que ya ha sido informada de las distintas propuestas programáticas de los diferentes candidatos y partidos. Creemos, asimismo, que aquellos ciudadanos que hasta ahora ignoran qué ofrece cada candidato muy probablemente elegirán otro programa en la televisión en vez de sentarse a contemplar el show. Algunos recuerdan lo importante que fue el debate televisado entre los doctores Tarigo y Pons Etcheverry a favor del No por un lado y el coronel Bolentini y un civil cuyo nombre no recordamos a favor del Sí al proyecto de reforma constitucional propuesto por el régimen cívico-militar. Olvidan que esa fue prácticamente la única oportunidad que tuvieron los opositores de aparecer en cámaras para exponer su punto de vista, mientras que hoy –y a pesar de que los grandes medios aparecen jugados una vez más al continuismo– los mensajes electorales de todos los partidos llegan a la población.
Nos parece, por tanto, lamentable que se distraigan tiempo y energías en debatir sobre el debate.
¿O se han agotado las propuestas programáticas del continuismo y la única bandera que les queda por levantar es el griterío? *
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