La toga manda a la espada
«Las fuerzas españolas constaban de 1.230 hombres, entre ellos, 600 infantes. Tuvieron 97 muertos, 61 heridos y 482 prisioneros. De estos últimos, 186 tomaron las armas de la Patria y 296 fueron remitidos a disposición de la Junta de Buenos Aires». Parte de Guerra de Artigas a Rondeau,19/05/1811, al otro día de la Batalla de Las Piedras.
De esto se desprende lo siguiente. 1) Los prisioneros fueron respetados en su vida. 2) Que la digna actitud del vencedor de impedir la matanza de los rendidos, reclamando «clemencia para los vencidos», le ganó el respeto y la adhesión de los que resolvieron unírsele. 3) Que como militar sujeto al mando político de la Junta de Buenos Aires, remitió a los prisioneros para que las autoridades políticas resolvieran sobre su suerte. Artigas procede como un verdadero militar sujeto al poder político civil. Durante toda su trayectoria política remitió el ejercicio de su autoridad a la soberanía popular en la persona de sus legítimos representantes. En la función militar, será inflexible al momento de garantizar la disciplina de sus fuerzas. La ejecución de los que confundían guerra con licencia, fue su norma. Su guerra estaba al servicio de un proyecto político, por lo que todo desvío era severamente penado.
Cuenta Luis Alberto de Herrera , en «Por La Patria», Tomo I, pág. 51, el fusilamiento del Mayor Rivero y cuatro soldados responsables de asesinar a un pulpero para saquear su comercio. El proyecto revolucionario no confundía la guerra con el vandalismo o el crimen. ¡Es lo que hace la diferencia entre salteadores y soldados de una causa nacional!
Los conjurados en la logia «Los tenientes de Artigas» no tenían proyecto político. Salvo que alguien eleve a tal categoría el señuelo de los famosos Comunicados 4 y 7, de febrero del 73. Expresión de la ambición de algunos, y de la estulticia de los más. Los que tenían sí un proyecto político claro eran los «civiles del proceso». De no ser así, jamás habrían entregado la conducción económica a Vegh y sus cofrades, para que a su sombra desmantelaran al país. No hubieran quedado en ridículo tras el colapso financiero de 1982, cuando el general Alvarez, prominente caballero de la mencionada logia, llamó «extraterrestres» a los que hablaban de devaluación. Realmente el extraterrestre era él, que se creía que estaba al mando. ¡El mando lo tenían los tecnócratas atornillados en la OPP, el Ministerio de Economía y el Banco Central!
La política no es asunto militar. En 1972 el Parlamento pidió cuentas al Presidente Bordaberry por la muerte por tortura del ciudadano Balbi, y el mandatario se dirigió al pueblo por cadena televisiva. Recuerdo, como si fuera hoy, que hizo la apología de la tortura, a la que denominó «rigor necesario en los interrogatorios». Haciéndose personalmente responsable de todos los actos militares bajo su mando. Cuando en el año 1976 grupos de militares y de políticos en el exilio intentaban acercamientos destinados a desactivar la violencia política en el país, se produjeron los crímenes del 20/05/76, dirigidos contra Michelini, Gutiérrez Ruiz y Ferreira Aldunate, en un operativo político destinado a descabezar la oposición civil al régimen. Fue una acción que sólo podía beneficiar a los mandos civiles de la política del llamado «proceso». Cuando se encaminaban bien las negociaciones destinadas a la restauración de la legitimidad política, luego del Pacto del Club Naval, sucede el crimen de Vladimir Roslick. ¿Servía esto a los fines de una salida honorable para los militares? ¿O servía sólo a los civiles que los usaron, como fieras de circo, en su propio beneficio material y político?
Bajo la presidencia de Lacalle ocurre el crimen de Berríos. En medio de ese operativo vino a Uruguay Pinochet a hacerse cargo del «paquete», como le llamaban en la jerga militar. Los altos oficiales «prestados» por los servicios de inteligencia uruguayos operaban a las órdenes directas del Presidente Lacalle y su ministro, tal como lo expresa con claridad el general Pereira. ¿O Lacalle era sólo un fantoche que llenaba el sillón presidencial?
Consideramos el gesto del general Pereira al publicar su libro un gesto valiente, que intenta romper el círculo infernal de la culpa, y de los consiguientes pactos de sangre y silencio, que han convertido a los militares en rehenes de sus propios errores. El sinceramiento del general Pereira es el primer paso hacia la asimilación histórica de nuestro pasado. Sin malsanas amnesias, conscientemente, cargando cada uno con sus responsabilidades. El pasado no tiene remedio. Sólo podemos modificar el presente, en la esperanza de un futuro mejor. Y, como decían los romanos, «la toga manda a la espada». O, como lo expresaba Artigas: «Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana». *
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