Sutilezas semánticas
Días pasados leímos en El País una crónica sobre el sepelio de las víctimas del triste episodio ocurrido en un liceo de la provincia de Buenos Aires. Su título era «Dolor e incomprensión en los funerales».
Me pareció lógico que la población, conmovida por la tragedia, expresara su dolor en el entierro de los jóvenes; pero lo de la incomprensión me dejó un tanto descolocado, pues interpreté que la gente había manifestado una actitud rígida e intolerante. Leyendo el artículo, fácil era advertir que en realidad la gente, además de sentir dolor, no entendía los motivos del joven homicida, es decir no se explicaba su actitud y por tanto se mostraba asombrada, perpleja, sorprendida. Pero veamos un poco qué nos dice el diccionario acerca del vocablo incomprensión: «Falta de comprensión». Debemos reconocer que tal definición resulta un tanto tautológica, por lo que corresponde averiguar el significado de comprensión: «Acción de comprender. Facultad, capacidad o perspicacia para entender y penetrar las cosas. Actitud comprensiva o tolerante». Y el verbo comprender, por su parte significa «Abrazar, ceñir, rodear por todas partes una cosa. Contener, incluir en sí alguna cosa. Entender, alcanzar, penetrar. Encontrar justificados o naturales los actos o sentimientos de otro».
De las definiciones del mataburros puede concluirse que la semántica preponderante en la voz incomprensión remite a la incapacidad de justificar los actos de otro.
Alguien comprensivo es el que comprende, pero no el que comprende un postulado de la física, un proceso histórico o un problema de álgebra sino aquel capaz de comprender una conducta normalmente considerada transgresora y mostrarse por tanto indulgente –o por lo menos tolerante– con el infractor. Cuando decimos que alguien demostró incomprensión, en modo alguno queremos significar que mostró ser duro de entendederas sino duro de sentimientos, rígido e incapaz de comprender una conducta que se aparta de las normas.
–Bueno, Mendieta, sea comprensivo conmigo y mande la vuelta, que hace rato que está charlando y mi copa está vacía.
–¡Qué lo parió!
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