Debate y democracia

Que se diga que la actual campaña electoral es carente de contenido, nos parece una enormidad sin sentido y que tiene el objetivo de dañar al candidato del Encuentro Progresista   Frente Amplio   Nueva Mayoría, que no está dispuesto a hacerle el juego a quienes tratan de resquebrajar su imagen en base a un planificado juego de agresiones mediáticas.

¿Por qué carente de contenido? ¿Es posible que alguien pueda seguir sosteniendo que en nuestra sociedad no está establecida la polémica y que la misma, en buena medida, ya ha sido laudada por la ciudadanía? Se busca el debate, el enfrentamiento frente a cámaras de TV o en la radio, de los principales candidatos, como si ello pudiera determinar el esclarecimiento de temas y no, como algunos suponen con fundamento, una confusión mucho mayor.

No queremos en estas líneas aparecer como renuentes a que, en base de un intercambio de ideas, la ciudadanía profundice sus convicciones, aclarando el sentido del voto que depositará en las urnas el 31 de octubre próximo. Lo que nos parece que el cuasi circense enfrentamiento mediático que se propone de poco serviría, pues en definitiva no se confrontarían ideas, sino muchas cosas más. Fíjese el lector lo que está ocurriendo en el debate entre John Kerry y el presidente de EEUU, George W. Bush, quienes realizan una actuación mediática para tratar de ganar mayores proporciones de un electorado, que tiene también en cuenta aspectos insustanciales, propios de imágenes trasmitidas a los cuatro confines, que lesionan a uno u otro candidato, sin rozarse siquiera las ideas que trasmiten. Se afirma que en el histórico enfrentamiento de Nixon y Kennedy, lo que definiera la adhesión al candidato demócrata fue que el republicano sudaba frente a las cámaras. Por esa razón –según algunos periodistas norteamericanos– en el estudio donde se enfrentaron Kerry y Bush, hasta el clima ambiente estaba acordado y controlado dentro de ciertos límites que impidieran que algún efecto dañino, vinculado a la temperatura, provocara rechazos o adhesiones.

Y como ese, otra cantidad de elementos propios del escenario mediático que en ese tipo de «espectáculo», suerte de «gran guiñol», se verifican. Se puede sostener que la falta de debates, si los entendemos como un fecundo intercambio de ideas, es una carencia. Pero, permítasenos la digresión, todo no es del color con que se mira, y muchas veces lo que se estima positivo, por razones indefinibles, puede convertirse en confuso y, quizás negativo.

Por otra parte –contradiciendo lo que sostiene el asesor presidencial Carlos Ramela– entendemos que la campaña electoral que se está desarrollando no es carente de contenido. Por el contrario, el contenido de la misma es tan sustancioso que, por primera vez en la historia del país, existe la posibilidad de que la izquierda asuma el poder, desplazando del mismo a los viejos partidos tradicionales, alguno de ellos como en el que milita el asesor presidencial, que puede llegar a tener la menor representación parlamentaria de la historia electoral del país.

Ocurre que la gente conoce perfectamente lo que ha pasado en el país, las razones de las sucesivas crisis, de la insólita corrupción que se verifica en el marco de un Estado obeso, al que no se ha querido reformar, reduciendo sus adiposidades.

¿Qué argumentos podrían exponer ante la opinión pública los integrantes del partido de Ramela, para explicar el desplazamiento hacia la pobreza de casi un millón de uruguayos? Y los dirigentes del nacionalismo, que apoyan a Larrañaga, ¿qué podrían decir de la «gobernabilidad» dada al gobierno de Jorge Batlle, que determinara que los legisladores blancos levantaran siempre la mano para aprobar todas las propuestas que llegaron enviadas por el Poder Ejecutivo?

«Acuerdo» logrado, por supuesto, en base a la apertura en la administración pública de una cuota de cargos que, todavía, está en vigencia. Veamos, si no, lo que ha ocurrido últimamente en el Ministerio de Relaciones Exteriores.

Por ello, antes de hacer afirmaciones, es bueno que algunos personajes piensen más de una vez. Hacer lo otro, es hablar por hablar.

En definitiva, ser lenguaraz. *

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