Combatir la corrupción
Entrevistado por Sonia Breccia, el candidato presidencial del Partido Colorado, escribano Guillermo Stirling, sostuvo que el tema corrupción no debe figurar en las bases programáticas de partido alguno porque combatir ese flagelo es un deber ético y moral que tenemos todos los ciudadanos. Reafirmó, asimismo, que lo que corresponde hacer es, «cuando se tienen pruebas, presentarlas a la Justicia, que es quien más garantías nos da a todos los uruguayos».
Resultan sorprendentes tales afirmaciones. ¿Cómo no mencionar en la campaña electoral un tema que, al igual que la pobreza, el desempleo o la inseguridad, se halla entre las preocupaciones de la población? ¿Por qué limitar el combate a la corrupción a un mero trámite ante la Justicia? ¿Qué de malo hay en proponer, como lo ha hecho el candidato presidencial progresista, auditorías y férreos controles a los funcionarios, además del firme propósito de aplicar severas sanciones a quienes se aparten de la moral gubernativa?
No debemos olvidar, por otra parte, que muchas prácticas de corrupción son harto difíciles de probar de modo que la Justicia actúe y sancione al culpable (nadie firma un documento por haber recibido dinero de alguien para votar una concesión, por ejemplo).
Es preciso tener en cuenta, además, que si la actividad política y los dirigentes políticos han caído en un peligroso descrédito, ello es debido, entre otras cosas, a pequeñas prácticas de corrupción que, como el amiguismo, el intercambio de favores, el clientelismo, son condenadas implacablemente por la opinión pública, y que la misma condena recae sobre el ocultamiento corporativo y cómplice de tales actos reñidos con la ética. Debemos tener muy presente que en los años previos al golpe cívico militar de 1973, los ideólogos de la barbarie habían aprovechado muy inteligentemente el descrédito del sistema político para instalar en la población la percepción de que «son todos iguales», eficaz abono para que germinara entre la gente la idea de que cualquier solución mesiánica que terminara con la corrupción e inoperancia del sistema político sería bienvenida. En aquel entonces la mayoría silenciosa estuvo dispuesta a sacrificar el sistema democrático y las libertades y garantías individuales en el altar de la supuesta honradez administrativa que prometían los golpistas presuntamente incontaminados. Ya sabemos que los motineros no sólo reprimieron salvajemente toda expresión opositora sino que, amparados en los resortes del poder, cometieron las mismas iniquidades y actos de corrupción de que eran acusados los políticos al barrer.
Pero cuando en las altas esferas la corrupción ha desplazado a la dignidad, también se está abonando el terreno para otras respuestas violentas. Al respecto, rescatamos lo que escribió Ernesto Sábato en 1976. «En esa gigantesca defraudación que desilusionó al país entero pero muy especialmente a la juventud, siempre sensible al contraste entre las grandiosas palabras y las sucias realidades, debemos buscar las causas de la guerrilla».
No es nuestro propósito instalar la alarma, pero debemos reconocer que nuestra juventud actual también se siente defraudada. Y entendemos muy oportuno el planteo del doctor Vázquez en el sentido de priorizar ese combate contra un flagelo que atenta contra la democracia como sistema, y ésta corre el riesgo de verse sustituida por la cleptocracia. *
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