Fin de reinado, pero el mundo sigue andando
El empuje electoral de las fuerzas progresistas agrupadas en torno a la candidatura presidencial del Dr. Tabaré Vázquez se torna más fuerte a medida que pasan los días. Esto ocurre tanto en Montevideo como en el interior del país.
Lo que en algún momento pudo significar un obstáculo para la reproducción en cadena de la fuerza electiva del progresismo, como lo era la existencia de determinado tipo de contradicciones internas, se han ido saldando con bastante serenidad y buen sentido.
Se trata de una propuesta fuertemente unificada tanto en los candidatos comunes que la lideran, como en los soportes programáticos.
La inminencia de un triunfo popular no inventa nada pero hacer florecer con ímpetu un vieja tradición, una prolongada y profunda cultura de la unidad de la izquierda que se acrecienta en los momentos de aguda disputa política con las demás fuerzas, de derecha o centro derecha, que defienden su hegemonía en el espacio electoral.
Por su parte los partidos tradicionales le han asignado a la candidatura del senador Jorge Larrañaga una tarea titánica, que desborda las posibilidades de cualquier dirigente político uruguayo por más talentoso y original que sea.
No le faltan, al candidato blanco y sanducero, atributos que lo vuelven una opción que suscita ciertas simpatías.
Pero sobre sus hombros reposa una tarea que ni un Mandrake del marketing político podría alcanzar: disipar el desprestigio de las cúpulas políticas de los partidos tradicionales que lo acompañan, aparecer como siendo el continuador de las políticas que condujeron al naufragio económico, financiero y social de la república.
¿Cómo aventar la neblina generada por las trayectorias de los «grandes marqueses» de la politiquería criolla? Ahí están Sanguinetti, que sigue en carrera; Batlle, que sigue presidiendo hacia el abismo, y Lacalle que algo más asordinado, sigue formando parte del impresentable combo de figuras desgastadas, desprovistas de toda credibilidad.
No se trata de tarea pequeña para Larrañaga. La neblina es demasiado espesa y la inercia que dejan las figuras que concentraron tanto poder, que usaron y abusaron tanto de los medios de comunicación de masas, no se disuelve en el aire fácilmente.
Por lo demás, las fuerzas que componen el conjunto del «pelotón delantero» de las grandes formaciones políticas tradicionales también están integradas por individuos que sufren el desgaste de demasiados años de oficialismo, de ocupar, muchas veces sin los méritos suficientes ni el respaldo democrático necesario, cargos en los que se concentran decisiones políticas y económicas de enorme importancia, como lo son las empresas públicas, a muchas de las cuales contribuyeron a dañar en su eficiencia, su prestigio y sus finanzas.
Finalmente, la cúpula de los partidos tradicionales hace demasiados decenios que no conoce los sabores de permanecer en el llano. La acción lustral y purificadora de no tener acceso a cargos públicos, de no disfrutar de privilegios.
Mientras la izquierda ha construido una larga cultura de reponerse ante los reveses de toda índole, incluso de los que se le impuso con la dictadura, que apostó a eliminar a la izquierda del mapa político del país, los tradicionales, con la vieja coparticipación, que viene de los años cincuenta, han estado siempre en el gobierno o en el cogobierno,
El clima de fin de reinado que se percibe tiene mucho que ver con estos procesos previos, con estas situaciones que crearon hábitos (a mandar, a gestar clientelas) que no se van de un día para el otro.
Fin de reinado, conviene recordar, que no será el fin del mundo. Ni del país ni del Estado de derecho. Fin de reinado que debe ser asumido mirando al futuro. Un futuro en que llegarán las inspecciones y las auditorías, la acción de los fiscales y los jueces. Porque muchos de los actuales jerarcas, además del tribunal de las urnas del 31 de octubre, tendrían que estar preparados para otros, más especializados y más severos en sus conclusiones, los de un Poder Judicial liberado de las presiones políticas. *
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