Una única alternativa

No es para nada raro que los personajes esencialmente más autoritarios de nuestra sociedad, que apoyaron a las dictaduras militares en América Latina, sean hoy en su amplia mayoría un reflejo en espejo de los ultraliberales que nos gobiernan.

Porque, en su raíz, el neoliberalismo asume que la libertad no puede ser un bien democrático. Son, por ejemplo, quienes analizan el desarrollo económico del continente y sostienen que en Chile, para manejar un ejemplo cercano, su situación económica es el resultado de la dictadura de Augusto Pinochet, coincidente con la estrategia de Henry Kissinger, de imponer en esta parte del continente el neoliberalismo a costa de las libertades. Aseguran que Pinochet fue quien «encarriló» al país trasandino, concretando las «reformas» que otros fueron incapaces de realizar.

Claro, callan en público cuando se trata de analizar otras realidades, por ejemplo la uruguaya, pero sostienen en privado que durante el régimen de facto se debieron haber concretado algunas reformas (privatizaciones) que hoy ayudarían a que el país fuera «más abierto».

No es vano -lo decimos porque es evidente y es un deber intelectual tenerlo presente- en esas apreciaciones hay un implícito cuestionamiento a algunos capitostes ultraliberales  por ejemplo, Alejandro Végh Villegas  que tuvieron durante la dictadura una muy destacada actuación que, a la luz de los «pichones» que hoy manejan la economía, aparece como tibia.

Los de ahora se lamentan que toda la fuerza que pusieron los militares para reprimir a los sectores representativos de los intereses populares, no sirvió para que paralelamente se concretaran las «reformas», que eran el motivo central de la estrategia del Departamento de Estado.

Las «reformas» determinaban una rápida marginación de grandes sectores de población que quedaban excluidos de la sociedad. Kissinger, el mentor de la estrategia de los golpes de Estado, entendía que era necesario que se conculcaran las libertades y se reprimiera a sangre y fuego a los pueblos, de lo contrario no se obtendrían los efectos buscados en la aplicación del modelo.

Por ello diseñó un papel específico para los ejércitos que, munidos de la Doctrina de la Seguridad Nacional, ejercieron junto a civiles cómplices, la totalidad del poder. Para Kissinger el estallido social se convertiría en una alternativa correlativa a la aplicación de ese liberalismo económico. Por eso, en nombre de la «libertad», se ordenó liquidar la democracia.

De aquellas lluvias a estos lodos. Los uruguayos, vivimos en el país del mundo que tiene la proporción mayor de ciudadanos fuera de su frontera, dato más que alarmante proporcionado por la investigadora Adela Pellegrino. Este dato, por sí solo da cuenta de la profundidad de la crisis que sufrimos ante las alternativas impuestas por la misma ideología que siguió rampante en la aplicación del modelo, desarrollando luego, dentro de la vigencia de los gobiernos civiles, nuevas fórmulas para seguir impulsando al modelo que eclosionó en uno de los desastres nacionales de mayor significación de la historia.

Luego de la claudicación del régimen militar, los impulsores del modelo cambiario de ropaje y prefirieron integrarse en gobiernos de apariencia democrática, introduciendo a los países en el marco de la globalización financiera, que no hace más que estampar otros tipos de claudicaciones: como la pérdida de la soberanía y la aplicación, sin reparos, de políticas de exclusión social.

Todo un proceso conducido por personajes similares, con parecidos basamentos ideológicos e idénticos intereses. Han logrado que a principios del nuevo siglo el país esté viviendo la mayor tragedia de su historia, la que se visualiza en 800 mil personas que hoy se encuentran por debajo de la línea de la pobreza y en los miles que buscan insertarse en el exterior en sociedades que cada día aparecen como más hostiles.

Por ello, la alternativa que se le planteará a nuestro pueblo el 31 de octubre, no debe ser desaprovechada.

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