Yo sé que ahora vendrán caras extrañas

Uno, que tiene ya tantas elecciones arriba, casi que tendría que estar curado de espanto con esto de los dobles, triples y cuádruples discursos de los candidatos, los Pilatos lavándose las manos y el acordarse de Santa Bárbara cuando truena.

Desde la leche en las canillas y las calles en bajada para ahorrar nafta de Tortorelli, pasando por los «ravioles party» de los actos de Fadol y su lista 47 del Partido Nacional, el pericón de Chicotazo, el malambo de Pacheco, los tanques soviéticos echando abajo el monumento a Artigas con que nos asustaban Bordaberry y su camarilla fascista, los calibre 38 en la cintura de los jóvenes uruguayos de pie en el balcón de Radio Rural en 18 de Julio, el «o gana la UBD o todo sigue como está» y Jorge Batlle cantando la justa, mucha agua ha corrido bajo los puentes.

Sin embargo, los tiempos modernos han marcado también sus íconos electorales, con los blancos con los que «se vivía mejor», el martirologio nasal de Borsari, y las afirmaciones de Stirling asegurando que los colorados son garantía de seguridad pública e institucional, de respeto a las leyes y de estabilidad. Y entonces, rauda y graciosamente, elimina de un plumazo del acervo partidario a los Terra, los Baldomir, los Bordaberry y hasta al propio Pacheco Areco y sus secuaces –el Topo Gigio incluido– que no se destacaron justamente por ninguna de esas cualidades.

Y uno se asombra de que la familia de Wilson le entregue el poncho del caudillo a Lacalle, y casi que piensa que las cosas cambiaron mucho desde que al Cuqui, entre Juan Raúl y Zumarán lo bajaron del ómnibus en la gira del 84. Mientras tanto Larrañaga proclama la soberanía nacional, la dignidad arriba y el regocijo abajo, cabalgando codo a codo por los otrora heroicos e impolutos campos de Masoller con el embajador Silverstein del imperio yanqui vestido de gaucho y abanderado con la blanca y azul que nos hacen jurar los 19 de junio a los orientales para defenderla con la vida si es necesario.

Es por eso que cuando se «calienta el horno» es fácil que a más de un chapetón se le achicharren los pasteles y aparezca otra vez Sanguinetti copando la banca en el coloradismo, con los votos de sus acólitos del Foro, cangrejos incluidos –no colorados precisamente, pero rojos, que es lo mismo al fin y al cabo–, profesores que no profesan, soldados turcos fusileros, y toda esa caterva de fieles y disciplinados discípulos.

Y entonces, todos juntos, entreverados, apuntan sus trabucos contra el Encuentro Progresista, acusando a Tabaré, a Astori, al Pepe Mujica, al Ñato y a todos los demás como responsables posibles del quiebre institucional del país, de la hecatombre y la bancarrota financiera y se santiguan en el agua bendita de sus ancestros y su historia impoluta.

Convocan en ese aquelarre estrepitoso a todos los fantasmas y los miedos, y salen con ellos a dibujar garabatos en el aire. Mientras tanto, los verdaderos prohombres blancos y colorados, los principistas, los que asentaron las bases de un estado vital y moderno en este territorio, trémulos de vergüenza, se atrincheran asegurando los goznes de bronce de sus panteones mientras desde una vieja radio a válvula la voz del Mago canturrea aquello de «yo sé que ahora vendrán caras extrañas». *

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