Recuperando el honor

Un aire fresco está recorriendo el país, siendo importante –sin ninguna duda– que la verdad comience a aflorar por boca de un militar que, tras un proceso de concienciación individual, ahora no tiene empacho en decir la verdad, toda la verdad, en torno a lo ocurrido en los años de plomo.

El general Oscar Pereira, obviamente, no es un arrepentido porque él asegura que si le hubiera tocado torturar lo habría hecho. Y para ello se hubiera basado en su creencia de que en toda guerra irregular los apremios son un método a utilizar. Pereira es un hombre consciente de lo que dice y hace, y su valentía –innegable y sorprendente en un país en donde el ocultamiento cobarde de los hechos ha sido una constante histórica– tiene un valor inestimable para las propias Fuerzas Armadas. Si éstas tuvieran una reacción positiva ante este planteo, comenzarían a recuperar, a la vista de todos los uruguayos, el honor perdido, mancillado por tanta barbarie y tanto cobarde ocultamiento.

El general Pereira no sólo se juega, con su verdad, muchas cosas importantes para un ser humano, arriesgando un enfrentamiento con la corporación militar que, en otros casos, ha determinado el aislamiento de dignísimos profesionales de las armas, que fueron excluidos de las colectividades sociales que los agrupan, como ocurriera con el ex comandante del Ejército, el general Daniel García, que también –por no amoldarse al «pensamiento único» de los nostálgicos– fue alejado de la «familia militar».

Lo hecho por el general Pereira tiene un valor inestimable y si los uniformados pensaran prescindiendo de las influencias de quienes tienen las manos sucias, advertirían que esas declaraciones de alguna manera han servido, en primera instancia, para que muchos uruguayos comencemos a respetar a un hombre que, más allá de haber participado en el proceso cívico militar, simplemente dice la verdad, lacerando a fuego a los sádicos que satisfacían sus peores instintos, cebando su odios en prisioneros indefensos, o cometían delitos incalificables, como el robo de niños, el saqueo de viviendas, etc.

No creemos que nos equivoquemos al decir que el general Pereira, un hombre sin duda valiente, con estas manifestaciones ha roto el rasero con que muchos catalogábamos a los militares. Es evidente que con su verdad, estampada en el libro de reciente aparición y con sus posteriores declaraciones, Pereira mostró cómo se debe hacer para que los militares recuperen su honor perdido por los errores del pasado oprobioso del que fueron protagonistas y después, obviamente, por la negativa a reconocer la verdad de lo ocurrido.

El honor es un bien inasible, que se pierde con facilidad pero que, para ser recuperado, exige de acciones valientes, en donde la sinceridad y la mejor conciencia, tienen que aflorar sobre los intereses de las corporaciones.

Por ello, la actitud de este militar de carrera, que no oculta su pasado ni sus posiciones ideológicas, y menos aún trata de vengar presuntos agravios de sus colegas, hay que resaltarla y valorarla en su justa medida.

Es un hombre con el cual se puede discrepar, pero que, evidentemente, ha recuperado su honor. *

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