Los recuerdos de un general del proceso

En el momento de escribir estas reflexiones no disponemos del libro del ex general Oscar Pereira, obra anunciada hace apenas dos días y que ya resulta difícil de conseguir en las librerías céntricas.

Disponemos apenas de las notas periodísticas propaladas por AM LIBRE y por la versión en Internet de la nota realizada por El Espectador.

Aunque se trata de un material tratado con especial cuidado periodístico y, por tanto de extraordinario valor como noticia, un juicio más ceñido sobre la obra exigirá la lectura atenta de este inesperado aporte testimonial.

Podemos adelantar que, con independencia del contenido filosófico o ideológico de la publicación, el conocimiento de un testimonio de este tipo es de una excepcional importancia.

No interesa concordar o no con Pereira. Interesa oírlo.

Este tipo de obras es frecuente por parte de protagonistas políticos o militares importantes en todas las democracias maduras del mundo.

Se exhibe ahora, por ejemplo, un filme en el que el ex secretario de Estado norteamericano, Robert McNamara, realiza afirmaciones de una extrema brutalidad, reconoce la realización deliberada y sistemática de genocidios y crímenes de todo tipo.

La nuestra es una sociedad en la que ha predominado un silencio patológico, insoportable. Un sistema detallado de complicidades cívico militares que vienen impidiendo que se conozca la verdad.

La aparición de la obra no hace más que demostrar lo utópico de la pretensión de quienes se creyeron con tanto poder como para mantener ocultos para siempre quince años de la vida del país, donde se produjeron hechos importantes, dolorosos e irreversibles. Hechos criminales que transformaron instituciones y modos de ser y que dejaron una huella imborrable en decenas de miles de personas que los padecieron.

Pretensión de omnipotencia, pecado de hybris, el manejar la información y la historia en la que incurrieron, como apunta Oscar Pereira, no sólo los jerarcas militares sino también los dirigentes políticos de los partidos tradicionales que fueron omisos en el cumplimiento de lo que la Constitución –y la tradición artiguista– establecen de manera absolutamente clara: la subordinación del poder militar a las instituciones democráticas, las garantías que a la ciudadanía le puede brindar el cumplimiento de la ley, pareja para todos, y no la humillación de la magistratura –y la sociedad civil– ante la arrogancia de la amenaza de la fuerza militar.

Fin del silencio. Verdad y oxigenación. Conocimiento de los hechos aunque resulten dolorosos, por aquello de que sólo la verdad nos hará libres. No existe ningún país de la región donde el hermetismo de los militares haya sido tan ceñido como entre nosotros, y donde la complicidad de los civiles colaboradores (blancos y colorados) haya sido tan evidente.

Un alto castillo en el aire, elevado con los naipes de la hipocresía, terminará por ser barrido por testimonios como este.

El ex general Oscar Pereira ha dicho algo que a nadie le puede pasar inadvertido: que si él hubiera tenido algún familiar desaparecido habría hecho lo mismo que Familiares ha hecho.

Frente a tantos intentos de dar vuelta la página, frente a tanta elaboración inútil de los fabricantes de olvido, frente a tantos esfuerzos hechos desde el poder para banalizar la importancia de la desaparición forzada de personas, el drama de los crímenes del terrorismo de Estado ha irrumpido nuevamente en el debate de la sociedad uruguaya. *

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