El pensamiento único en el banquillo
Está desarrollándose en Montevideo la reunión del Foro Social Uruguay 2004 y la III Feria de Economías Solidarias.
Impulsados por los encuentros del Foro Social Mundial –que hace cuatro años empezó a funcionar en Porto Alegre–, estos encuentros de organizaciones sociales, gremiales y productivas que no responden a partido político alguno vienen a ser una correntada vivificante que genera participación, discusión e intercambio de ideas, propuestas y reivindicaciones que el discurso político había relegado a un segundo plano.
Acosado por la avasallante prepotencia del «pensamiento único» del neoliberalismo, el pensamiento de izquierda en todo el mundo parece haber sido ganado por un cierto escepticismo que es el resultado de resignar aspiraciones y postulados en aras del «realismo» político.
Nos parece oportuno transcribir, una vez más, parte del lúcido análisis de Ignacio Ramonet sobre el Pensamiento Unico del neoliberalismo:
«Cada vez más en las democracias actuales, los ciudadanos libres se sienten como atrapados, impregnados por una especie de viscosa doctrina que insensiblemente envuelve todo razonamiento rebelde, lo inhibe, lo perturba, lo paraliza y acaba ahogándolo. Esta doctrina es el pensamiento único, el único autorizado por una invisible y omnipresente policía de la opinión.
Luego de la caída del muro de Berlín, del hundimiento de los regímenes comunistas y de la desmoralización del socialismo, la arrogancia, la altivez y la insolencia de este nuevo Evangelio han llegado a un grado tal que, sin exagerar, se puede calificar de moderno dogmatismo a este furor ideológico.
¿Qué es el pensamiento único? Es la traducción en términos ideológicos pretendidamente universales, de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas, en particular las del capital internacional.»
Esa realidad presentada como inexorable es puesta en tela de juicio precisamente por los movimientos sociales que tozudamente enfrentan la ideología conservadora y mantienen viva la llama de las utopías; contra la resignación del «no se puede», oponen la esperanza de que «otro mundo es posible».
Desde luego que cuando hablamos de las utopías, no propugnamos la vuelta a conductas esquemáticas propias de los años sesenta, cuando se pensaba que la revolución estaba a la vuelta de la esquina, se amasaba el barro para modelar el Hombre Nuevo y el capitalismo tenía firmada su sentencia de muerte. Pero no está mal que se retome la lucha por un socialismo humanista, un modo de producción que atienda las necesidades de los seres humanos por encima de los indicadores macroeconómicos. Y no está mal que se vuelva a denunciar al capitalismo como el sistema responsable de las más brutales injusticias.
Durante el último decenio del siglo XX se había venido verificando un descaecimiento de los valores políticos, un abandono de la solidaridad y el entronizamiento del individualismo.
Contra esta doctrina perversa, se levanta un bastión de resistencia que abre las puertas para dar paso a la esperanza de un mundo mejor. *
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