El continuismo sin propuestas

Semana a semana resulta más ostensible la enorme fragilidad del discurso continuista, en sus dos variedades principales, la encarnada por el escribano Stirling y la que lidera el doctor Larrañaga.

Resulta evidente que no se trata de un problema de personas: tanto uno como otro candidato presidencial han dado muestras a través de su carrera política y de gobierno de poseer una amplia cultura y don de gentes. No ocupan los lugares de enorme responsabilidad política que hoy desempeñan en sus partidos por ser torpes o inconstantes. Por el contrario, se trata de dirigentes políticos trabajadores, con experiencia amplia de gobierno y credenciales de probidad reconocidas.

¿A qué atribuir entonces el carácter reiterativo y falto de vuelo de sus propuestas tanto en lo conceptual como en lo político?

Si la falta de eco popular de la prédica de los partidos Nacional y Colorado no se debe a las características personales de los candidatos, ¿a qué se debe?

En primer lugar, en tanto representantes de los partidos en el gobierno, ambos candidatos son vistos como una forma de mantenimiento del estado actual de las cosas, como protagonistas de una propuesta de país que la mayoría de los uruguayos quiere cambiar.

A diferencia de otros momentos de la historia del país, los grandes partidos tradicionales se han revelado incapaces de generar en su seno corrientes de pensamiento y de acción realmente renovadoras. Nada ni remotamente parecido a lo que dentro del coloradismo del siglo XIX y principios del XX significó la irrupción innovadora, casi revolucionaria, del pensamiento de José Batlle y Ordóñez.

Nada ni remotamente parecido a lo que en los años cuarenta y cincuenta significó el ascenso de Luis Batlle Berres y su equipo, llamado por entonces de «los jóvenes turcos», que aggiornaron y dieron un nuevo empuje a las políticas sociales y de entonación nacionalista y socialdemócrata impulsadas por el Estado proteccionista uruguayo.

Nada, tampoco, ni remotamente parecido a lo que fue el proceso de gestación del Informe de la CIDE, impulsado entre otros por Wilson Ferreira Aldunate, que culminó con la campaña electoral de 1971 y el programa progresista denominado «Nuestro compromiso con Usted».

En la actualidad el modus operandi de ambos partidos, bien sincronizados con la acción de los medios de comunicación masivos, parece ir conformándose de la siguiente manera: se toman las declaraciones de una víctima propiciatoria escogida entre el personal de dirección o de responsabilidad intermedia del Frente Amplio (como Marenales, Cancela, Olesker, Carlos Viera) o del propio Tabaré Vázquez. Elegido el fragmento se prepara la inmolación de la víctima de manera sumaria. El primer paso es ponerse de acuerdo en hacerle decir lo que no dice, por vía de la deformación, la exageración o la falta de contexto, todo apuntando a demostrar que en caso de producirse un cambio de gobierno, al país le esperan los más abominables padecimientos y las más inesperadas desdichas.

El proceso sacrificial suele montarse rápidamente y desvanecerse más rápidamente aún. El asunto es tener a alguien en la picota. Tener la iniciativa en la respuesta, la celeridad en el contragolpe.

Desarrollando una dialéctica diabólica y autodestructiva, la velocidad de hablar segundos, ¡se ha convertido en galardón!

Ser el primer eco o antieco de alguna expresión de cambio progresista ¡se ha vuelto anhelado mérito!

¡Triste destino para toda una generación de dirigentes políticos que han tenido en sus manos enteramente los destinos del país durante decenios!

Ni una idea en común, ningún proyecto creíble, ninguna base social que no sea aquella, la de los que, con blancos y colorados en el poder, han hecho su agosto (sus muchos agostos).

Lamentablemente para ellos (y también para el país) el número de los beneficiarios de estas políticas no ha cesado de disminuir. Sólo que exclusivamente con ricos no se ganan elecciones. Ese es el problema insoluble al que se enfrenta el continuismo. *

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