Juego sucio y patas cortas

Algunos voceros de la derecha más vinculada al proceso dictatorial parecen empeñados en librar una –llamémosle así por ahora– «batalla por la opinión pública» en lo referido al tratamiento de las cuestiones pendientes en materia de violaciones a los derechos humanos en el período de la dictadura.

Como suele ocurrir en estos casos –y no es un formato de utilización exclusiva en el Uruguay– las «noticias» suelen asumir la forma de deformaciones grotescas de la realidad, en el descubrimiento novedoso de hechos ya publicados hace más de treinta años o en una lisa y llana invención de reuniones, encuentros y pactos secretos cuyos protagonistas serían dirigentes de izquierda conocidos y gravitantes.

Si se examinan con cuidado, estas «operaciones mediáticas» tienen muy poco de batallas por la opinión pública, acuden muy poco a la difusión de discursos de imputación ordenados y racionales.

Por el contrario, apelan a desatar difusas sensaciones de misterio y peligrosidad difuminadas en las áreas de actuación de la izquierda política, del sindicalismo clasista, del periodismo de investigación y denuncia y de las corrientes políticas de raigambre popular que se proponen impulsar en el país un proceso democrático, de independencia nacional y justicia social radicalmente contrario a los intereses de las elites económicas y políticas que detentan el poder.

Se trata siempre de argucias de patas cortas. Pero para sus promotores, la cortedad de la vida de sus engendros no es causa alguna de preocupación: agotado un bolazo, se pergeña rápidamente otro y así se va entretejiendo una sucesión de mentiras que, suponen, siempre algo dejan, al menos como sensación en la opinión pública.

Esta pretensión de hegemonía mediática de la ultraderecha se enfrenta a la existencia de varios factores propios de la sociedad y el pueblo uruguayo: la existencia de voceros independientes y prestigiosos, aunque muy minoritarios y económicamente débiles, las tendencias tradicionales a la organización y la autoorganización que exhibe la sociedad uruguaya, donde la gente busca puntos de referencia para formarse opinión, sea en una cooperativa, un sindicato, un comité de base o un nucleamiento cultural. Cuando se examina en grupo este tipo de «flash» noticioso rápidamente se percibe la inconsistencia de las versiones difundidas.

El campo propicio, el terreno ideal para la difusión de este tipo de intoxicación informativa es el individuo aislado, desinformado, sin puntos de referencia y sin práctica de conversar sobre asuntos de interés público. Lamentablemente este tipo de «ciudadanía subvaluada» ha tendido a extenderse en la medida en que ha aumentado la desocupación, la precarización del trabajo y los desplazamientos de barrios enteros hacia la periferia de las grandes ciudades.

Como contrapartida, las usinas fabricantes de bolazos contra la izquierda, en la medida en que aparecen emparentadas con posiciones afines a los partidos tradicionales, quedan de inmediato incorporadas al cono nacional de escepticismo que prevalece acerca de todo lo que viene «de arriba», de todo lo que afirman, arguyen o pretextan unas autoridades de gobierno que están completamente descalificadas ante la ciudadanía.

Este gobierno y sus aliados en el campo que sea, incluso en el de la prensa amarilla, tienen el crédito agotado. Han perdido toda credibilidad ante la opinión pública. Han sido demasiadas las promesas, los compromisos y los juramentos que se han violado ante el pueblo como para que la gente les crea algo que afirman sea de la materia que sea.

De todos modos la delicadeza de los temas con los que ahora se pretende enlodar la situación política en el período preelectoral hace necesario un seguimiento estricto por parte de todas las organizaciones democráticas y populares. *

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