Emilio Frugoni y su sueño cumplido

En momentos en que los partidos tradicionales se desesperan ante lo que parece ser su inminente derrota y recuerdan con indisimulado orgullo aniversarios sangrientos, momento es para recordar que el último 28 de agosto se cumplieron 35 años de fallecimiento de Emilio Frugoni, figura emblemática de la izquierda nacional y de los desposeídos, que seguramente verán el comienzo del respeto de su dignidad avasallada por los destructores del país. El sueño del fundador de la izquierda uruguaya parece estar arañándose con la punta de los dedos, y su figura adquiere una dimensión premonitoria luego de un batallar que comienza justo hacia fines de 1904.

Cinco veces diputado, constituyente, catedrático de legislación del Trabajo en la Facultad de Derecho, Decano de esa casa de estudios, ministro plenipotenciario ante la URSS representando al Uruguay, llenó páginas de realizaciones que son motivo de orgullo para todo el movimiento popular.

Introductor de Marx en el Uruguay, lo adaptó como herramienta de análisis y transformación de la sociedad uruguaya. Profundamente preocupado por la realidad de miseria de América latina, la estudió y escribió un trabajo, «La sensibilidad americana», libro que tenía junto a sí el gran pensador socialista latinoamericanista peruano José Carlos Mariátegui en el momento de su prematura muerte.

Poseyó una formación doctrinaria monolítica, escribió entre otras enjundiosas obras, «Génesis, esencia y fundamentos del Socialismo», obra no superada hasta hoy desde el punto de vista ideológico. Partidario y crítico a la vez de la Revolución Soviética, vaticinó de manera premonitorio las falencias que podrían llevarla a su destrucción. Enérgico y duro con sus adversarios, supo ganarse el respeto de éstos cuando él solo constituía la oposición. No claudicó jamás en sus ideas. Fue íntegramente socialista y renunció a toda tentación que pudiera apartarlo del camino correcto. Dirá en cierta ocasión la pluma de Carlos Quijano: «su débil barca atravesará tormentas y tempestades, pero él mantendrá siempre el rumbo, sin temor a chocar contra obstáculos visible o invisibles». El será socialista desde la adolescencia casi, hasta la muerte, sin que nada ni nadie logre apartarlo de su camino. Estallarán discrepancias y conflictos en su propio Partido, quedará más de una vez en minoría; tendrá que elegir entre sus amigos, algunos muy entrañables, y sus principios, y aunque con dolor, él se apartará de sus amigos para quedar con los principios. Y empezará de nuevo, acumulando piedra sobre piedra, desde los cimientos. ¡A costa de los principios no transará jamás!

No será presidente de la República, no será ministro, no podrá ser siquiera senador, pero cada día de la historia del siglo XX, hasta 1969 en que su vida se extingue, llevará la limpia huella de su paso parlamentario en el que se involucra al francés Arístides Briand, que después de haber sido socialista se ha pasado al gobierno burgués para ser ministro. En opinión de Frugoni, el reproche que se hace a Briand es que después de declararse apóstol de la huelga general se ha transformado en represor de los huelguistas a quienes no vacila en golpearlos militarmente. Dice en Cámara Melián Lafinur: «(…) es que el gobierno tiene que ponerse al lado de los que quieren trabajar si no quiere someterse a los dictados de los huelguistas». Contesta Frugoni: «Se olvida que Briand había declarado que si era preciso ir contra la legalidad para ahogar la huelga (…) él estaba dispuesto a ir contra esa legalidad (algo) imperdonable en un gobernante que el día anterior se daba por socialista». Ante ello replica Melián Lafinur: «si el señor Frugoni es ministro –que cualquier día lo será–…» «No lo seré señor diputado», interrumpe Frugoni. Insiste Melián Lafinur: «(…) hará lo mismo porque no va a permitir los sucesos que puedan cometer los huelguistas». Contundente, Frugoni pone fin al dialogado: «No, señor diputado, si para ser ministro es necesario dejar de ser socialista, desde ya puedo adelantarle que nunca seré ministro».

Y mencionemos otro ejemplo de intransigencia y solidaridad socialista. En ocasión del ilegal y represivo decreto de diciembre de 1967 aplicado por el régimen pachequista, el Partido Socialista es puesto fuera de la ley y le son incautados sus bienes por medio del brutal régimen. Dentro de la organización partidaria, había diferencias por aquellos días. Frugoni estaba separado de los que hasta hacía muy poco habían sido sus entrañables compañeros. Sin embargo, su pensamiento más dolorido y solidario para los que se dispusieron a sobrevivir desde la clandestinidad. Ante la incautación de la «Casa del Pueblo», por la policía, quedaba en evidencia, por expresiones de la prensa adicta, que el Poder Ejecutivo hubiera estado dispuesto a entregarla a Frugoni para que la administrara. Hubiera sido un modo de rescatar la sede partidaria para la lucha por el socialismo. Pero en materia de conducta a Frugoni le gustaban las actitudes cristalinas. Su definición fue concluyente: «No aceptaremos ni una migaja del despojo, ni admitiremos que nuestra discrepancias en el campo de la izquierda, el gobierno, o alguna de sus dependencias se transforme en árbitro»… Y no aceptó las llaves de la sede. Las diferencias entre socialistas se dirimen entre socialistas.

Fue además un celoso guardián de los dineros públicos, e hizo de la honestidad un culto. Se constituyó en verdadero fiscal en el control acertado de los bienes del Estado. Y en ese campo no midió consecuencias. Su enemistad personal con José Batlle y Ordóñez emergió como consecuencia de una severa crítica que Frugoni le realizara al presidente de la República respecto al manejo de esos dineros. Esa honestidad, mil veces puesta de manifiesto, le valió que su contrincante de tantas oportunidades parlamentarias, el doctor Carlos Ma. Prando, expresara: «(…) cuando en el andar del tiempo haya que señalar el momento inicial de las reformas sociales, las ideas y obra de Frugoni, quedarán como una columna de fuego (…) y al pie de su pedestal, podremos poner como usaban los antiguos, un calificativo para definir los valores radicales de su moral y de su inteligencia, como en el caso de Arístides, a quienes los griegos llamaban «el Justo»: «Emilio Frugoni, el Incorruptible».

Y una última reflexión. Al realizarse el Primer Congreso de la Juventud Socialista del Uruguay, en el discurso que pronunció en el Teatro Mitre, la noche del 26 de enero de 1940, con la alegría que sólo pueden expresar los líderes que han sido capaces de sacrificar su presente en aras de un futuro y de una victoria que no habrán de ver, pronunció: «Los jóvenes que aquí se congregan me dicen que no en vano hicimos nuestra siembra y que, cuando llegue para nosotros la hora del descanso, podremos reclinar tranquilamente nuestras sienes sobre la almohada, porque habrá quienes recojan la antorcha desprendida de nuestras manos desfallecidas por la muerte». Treinta y cinco años después, la antorcha desprendida de las manos firmes que condujeron a través de remansos y tempestades es recogida por cientos de miles de compatriotas, y reposa victoriosa como legado irrenunciable en las manos del doctor Tabaré Vázquez. *

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