Los terrorismos amenazan a la humanidad entera
A tres años del derrumbe de las Torres Gemelas, el terrorismo en sus diversas formas amenaza la existencia misma de la humanidad. Nunca hubo una sucesión de actos terroristas de diverso signo de la magnitud de los perpetrados en el último predio. Casi no hay región del planeta que permanezca al margen de sus efectos. Es como una guerra en múltiples frentes simultáneos.
El peligro es que el mundo se vea sumergido bajo una oleada de violencia y de muerte, de venganzas y represalias, de esa irracionalidad bestial que invade todos los rincones y afecta literalmente la vida de todos y cada uno de los seres humanos. Alguien habló de seis mil millones de rehenes.
Hoy nos golpean en el alma las imágenes de los niños de la escuela de Beslán, en Osetia del Norte, masacrados por el fuego cruzado de los terroristas chechenos y de las fuerzas rusas de seguridad. Putin emplea los mismos métodos terroristas de Estado que Bush en Irak, y adopta su misma tesis monstruosa de la guerra preventiva, amenazando con liquidar «las bases terroristas» en cualquier lugar del mundo. En esta guerra no hay fronteras. Y cuando el jefe del Estado Mayor ruso coloca sobre la mesa el uso de armas nucleares, advertimos que tampoco hay límites para las armas de exterminio masivo a utilizar.
En estos mismos días las fuerzas de ocupación norteamericanas masacraban a los iraquíes por cientos tras bombardeos consecutivos en la ciudad mártir de Falluja, en el poblado de Tel Afar en el norte, en el distrito chiíta de Sadr en Bagdad, después de haber reducido a escombros la ciudad de Najaf. Aunque Afganistán pasó ahora a segundo plano, siguen allí los ataques contra un enemigo invisible e inasible que no les da tregua. En sus fronteras, el ejército de la dictadura pakistaní irrumpe a sangre y fuego en un presunto campo de entrenamiento, alegando que allí se encuentran combatientes chechenos y uzbekos. Veíamos días pasados las imágenes del atentado suicida en Beersheva, reemplazadas de inmediato por los ataques con tanques y helicópteros en Gaza, la ciudad arrasada, los territorios palestinos convertidos en montones de ruinas, otra vez los entierros, los gritos de dolor, las promesas de venganza, en una infernal espiral de sangre.
Hace unos meses, en vísperas de las elecciones españolas, conmovía al mundo el atentado en la estación ferroviaria de Atocha. Esta semana en Djakarta, Indonesia, vuela la embajada de Australia. Los autores pertenecen al mismo grupo que efectuó el cruento atentado en la discoteca de la isla de Bali dos años atrás. Australia mantiene sus tropas en Irak, y éste sería el motivo del atentado. Por una razón análoga fue ejecutado por sus captores el periodista italiano Enzo Baldoni, ya que Berlusconi se negó a la exigencia de retirar las tropas italianas de ese país. Pero luego fueron secuestrados dos periodistas franceses, Christian Chesnot y Georges Malbrunot, y por semanas persiste una situación angustiosa que mantiene en vilo a Francia, país que no envió tropas y se opuso en todas las instancias internacionales a la invasión a Irak. En el terrorismo, la irracionalidad tiene una presencia permanente. Es la misma que llevó al atentado a la sede de Naciones Unidas y a la muerte de Sergio Vieira de Mello. Y que provocó el secuestro, con futuro incierto, de dos jóvenes italianas, Simona Torretta y Simona Pari, empeñadas en una noble labor humanitaria.
Cuando Bush, junto a su lansquenete Blair y a Aznar lanzó la invasión a Irak contra la Carta de la ONU, contra el derecho y la opinión pública internacionales, amañó la doctrina de la «guerra preventiva» y prometió que de la misma derivaría un mundo más seguro. Lo reiteró en la reciente Convención republicana, efectuada no por azar en Nueva York a la sombra de las Torres Gemelas. Ahora se revela de una manera clamorosa que esto es radicalmente falso. Nunca el mundo estuvo más inseguro. Con la particularidad de que los Estados Unidos lo están sintiendo en carne propia. El martes pasado, el número de sus muertos en Irak sobrepasó la cifra simbólica de mil, y el York Times publicó la nómina completa, con las fotos respectivas. Es la demostración, para los propios norteamericanos, de los resultados de la guerra preventiva. Que se complementa con las bestialidades de las torturas infamantes en las prisiones, de Abu Ghraib a Guantánamo, que ahora se procura relegar al olvido pero son parte indisoluble del terrorismo de Estado.
Por añadidura, estos días se revela que Estados Unidos, autoproclamado líder de la lucha antiterrorista, engendra y protege a los terroristas, como lo demuestra el indulto otorgado por la presidenta panameña Mireya Moscoso al final de su mandato, por presión directa de EEUU, a cuatro connotados terroristas cubano-norteamericanos, autores (entre otros crímenes) del atentado al avión de Cubana de Aviación, con 73 muertos, y del asesinato en Washington de Orlando Letelier, canciller de Allende.
El mundo actual ofrece la trágica ilustración de que el enfrentamiento al terrorismo con métodos terroristas, en particular el terrorismo de Estado, sólo engendra más terrorismo. Lo expande y profundiza en lugar de erradicarlo. Por lo mismo que esta aberración concierne a la humanidad en su conjunto, sólo un gran movimiento de toda la humanidad a favor de la paz y de la fraternidad entre los pueblos podrá ponernos en el camino de las soluciones reales. Lo que estamos viviendo hoy no puede ser el destino de la humanidad.
Un punto concreto e inmediato, a estos fines, es el retiro de las tropas extranjeras en Irak, tal cual acaba de evocarlo Rodríguez Zapatero y como acaban de asumirlo varios países latinoamericanos. *
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