Tres años después
Se cumplieron ayer tres años del bárbaro atentado terrorista contra las Torres Gemelas.
Escribimos entonces lo siguiente:
«La historia del mundo de los últimos cincuenta y cinco años abunda en ejemplos de barbarie, de violencia, de intolerancia y de desprecio por el prójimo, en una espiral demente que parece no tener fin. Nunca antes como en los últimos años habíamos asistido al reinado absoluto de la prepotencia bélica y económica, producto de un orden mundial esencialmente injusto, en el que prevalecen groseramente los intereses de los poderosos.
Los ataques del martes, que conmovieron al mundo, parecen enmarcarse en lo que habitualmente se conoce como terrorismo. Es decir, una actividad que –además de los estragos materiales– ocasiona víctimas inocentes, absolutamente ajenas a los intereses en juego en el conflicto, y sin responsabilidad alguna en los padecimientos de las otras víctimas, las de la política imperial. Las acciones del martes 11 fueron suicidas y asesinas pues no perseguían un objetivo bélico, y como tal merecen nuestro repudio y condena. ¿Qué fin perseguían? Sin duda, un golpe efectista y simbólico en los centros vitales del gigante: el poder militar, el poder económico y el poder político, pero sin que ese golpe signifique una herida de muerte.
Entendemos que desde el punto de vista político se trata de una torpeza de cuyas consecuencias no será fácil escapar. Ninguna causa noble se verá beneficiada por este golpe absurdo y criminal. El gigante ha sufrido una pequeña herida que puede exacerbar su ira; y quienes nos oponemos a su política tradicionalmente imperialista no hemos ganado absolutamente nada. Si hay un ganador, ése no es otro que la derecha recalcitrante; las acciones de ayer no operarán otro efecto que el de un acicate para los sectores conservadores belicosos y belicistas, a los que se les ha servido en bandeja una especie de justificación de por vida para todo tipo de tropelías disfrazadas de legítimas represalias».
Tres años después, la realidad de los hechos nos da la razón: los «halcones» se han impuesto y el imperio ha ocupado Afganistán e Irak en el marco de su cruzada contra «el Mal» en una aventura bélica que ya ha costado más de mil bajas al ejército invasor además de los varios miles de víctimas civiles entre la población iraquí. Bush aumenta su chance de ser reelecto mientras el pueblo estadounidense no vacila en sacrificar sus libertades en aras de una supuesta «seguridad» contra el terrorismo.
A todo esto, el terrorismo sigue golpeando implacable. En marzo pasado hubimos de asistir, impotentes, a otro atentado criminal en Madrid. Y más recientemente, en Osetia del Norte, un comando terrorista copó una escuela tomando como rehenes a profesores, padres y alumnos para exigir de las autoridades rusas la satisfacción de sus demandas; 400 muertos fue el saldo de la acción terrorista y de la respuesta «horrorista» gubernamental.
Como se puede apreciar, la escalada de violencia sigue en una espiral demencial cuyo fin no se avizora. El mundo sigue expuesto a la insania terrorista y a la respuesta no menos insana del imperio. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad