Con la mirada puesta en la pizarra

El desarrollo de la campaña electoral por parte de los candidatos de los partidos tradicionales exhibe una extraordinaria evolución, una constante mutación de objetivos y del contenido de los discursos.

La gravedad de los problemas sociales a los que se enfrenta ha llevado al candidato del Partido Nacional, doctor Larrañaga, a la formulación pública de una serie de promesas cuya analogía con las postulaciones programáticas del candidato progresista podría resultar sorprendente.

Sucede que actuando sin el contrapeso de un programa explícito y difundido, el candidato nacionalista oscila permanentemente entre el amor y el odio hacia lo que podrían ser propuestas con una entonación social más progresista.

En su reciente gira por el norte del país, en distintos actos públicos, Larrañaga prometió una batería de propuestas en materia económica y social muy distantes por cierto de lo que sustentan otros sectores de su partido: proteccionismo estatal para la reactivación de la industria azucarera, aumento de sueldos para los trabajadores rurales, inversión en caminería, conformación de una suerte de cartera de tierras para trabajadores rurales, protección a las fuentes de trabajo rurales como forma de evitar el flagelo del exilio, repoblamiento del área rural, fortalecimiento del Instituto Nacional de Colonización como herramienta para el reparto de tierras, entre otras medidas, dijo, destinadas a inclinar la balanza hacia el norte pues hasta ahora los gobiernos que se han sucedido en el país, de cara a la bahía de Montevideo, han estado de espaldas a la realidad social y económica de la campaña.

Como es fácil de apreciar, se trata de un discurso no demasiado novedoso en las semanas que preceden a una instancia electoral, en las que buena parte de los candidatos ofrecen el oro y el moro, pero que en boca de un candidato que cuenta con el apoyo de las derechas más conservadoras resulta llamativo.

El contenido de la batería de promesas a favor de la justicia social que viene realizando el doctor Larrañaga, paradójicamente, sólo podría encontrar eco en filas de las fuerzas adversarias del FA-EP-NM.

Significativamente, el movimiento pendular de Larrañaga hacia posiciones de más intensa entonación social parece estar empujando al Partido Colorado a radicalizar su discurso moldeándolo en la entonación autoritaria característica del sanguinettismo.

El escribano Stirling parece haberse persuadido de que la única forma de acrecentar su caudal consiste en atrapar el electorado residual que va dejando a su paso Larrañaga: fórmulas de mano dura, anticomunismo y exaltación del principio de autoridad, destinadas a captar a la derecha blanca, constituyen también una forma de balanceo al que más de una vez han recurrido los colorados, por lo menos desde los tiempos de Bordaberry.

La mirada de los dos candidatos tradicionales, más que en el futuro del país, parece estar dirigida a la evolución de los impactos mediáticos y a las estimaciones de fuerza realizadas por las empresas que realizan sondeos de opinión.

Lamentablemente para ellos, pese al incremento de la acción propagandística, los pronósticos siguen dando como altamente probable una victoria del doctor Tabaré Vázquez en las elecciones del 31 de octubre.

Con ritmo sostenido, el candidato progresista va desarrollando la campaña electoral no de manera improvisada sino de acuerdo con una serie de formulaciones programáticas largamente elaboradas en comisiones sectoriales especializadas, en contacto con expertos, académicos, fuerzas sociales organizadas que actúan en diversas áreas de la vida económica del país. En ese sentido, la campaña adquiere un rasgo menos errático, más coherente y menos expuesto a las presiones de tipo mediático. *

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