La pobreza en la tercera edad
Las cifras oficiales sobre la pobreza en 2003 han acallado las voces del gobierno que hace unos meses salieron a desmentir los informes de la Cepal, Unicef y de nuestra Facultad de Ciencias Sociales. El vicepresidente Hierro viajó al exterior para convencer a un organismo internacional de que la pobreza en Uruguay no llegaba a un 18% de su población. Hoy, el propio Instituto Nacional de Estadística nos dice que en Uruguay hay 849.500 pobres e indigentes, sin tener en cuenta las poblaciones que tienen menos de 5.000 habitantes, que llegan al 14% de la población total. Debemos acordar entonces que los pobres e indigentes rondan el millón de uruguayos o sea una tercera parte de la población. También se demuestra en el informe del INE que la pobreza afecta en mayor proporción a los jóvenes y a los niños y también se delatan situaciones paradójicas, como la de que hay más indigencia entre la gente que tiene ocupación que entre los que están desempleados.
Si bien cuanto más baja es la edad, mayor es la cantidad de pobres, debemos prestarle mucha atención a la pobreza en que viven las personas de mayor edad.
Nada menos que 97.000 personas mayores de 65 años viven en la pobreza y en la indigencia. Para darse una idea de cuántos significan, imaginemos un Estadio Centenario lleno más medio estadio más. ¿Qué tal? ¿Los viejos son los que mejor viven en este país, como dice el diputado Mieres, o son elementos descartables de la consideración política mientras se desarrolla un genocidio de Estado silencioso?
Si bien es indignante que los niños de este país mueran de hambre en Artigas o Salto y coman pasto en el Paso de la Arena, no lo es menos que casi 100.000 uruguayos vean llegar el fin de sus días, sin posibilidad alguna de reclamarle a nadie por el derecho a una vejez digna, tal cual lo prevé la Constitución, esa norma fundamental con la cual hacen gárgaras algunos acólitos del poder.
La pobreza se duplicó en cinco años. Las cifras de 1999 eran culpabilidad de un gobierno que se iba y aunque una coalición del «mismo pelo» era la que asumía en marzo de 2000, se tomaron con una indiferencia total los preocupantes números. En primera instancia algunos sectores sostuvieron que las cifras no eran preocupantes. Para el neoliberalismo de los De Posadas, Mosca, Davrieux o Bensión, el hambre significó eso nada más: números.
Pero los que empezaron a morir eran seres humanos, eran niños. El sistema no puede cambiar si no cambia la forma en que piensa un gobierno y éste y el que pasó y el anterior (y así podemos ir a 20 años atrás), están muy comprometidos con la alimentación financiera de los organismos internacionales que les piden una y otra vez que sacrifiquen a los que más necesitan, que recorten los gastos del Estado, aun los más necesarios, que no gasten más en educación y en salud, que son quienes más egresos demandan. Es por ello que la pobreza aumentó desmesuradamente.
No hay políticas sociales, hay parches de emergencia. Se cumple con el mandado del proveedor de fondos, sea el FMI o el BM. Los jubilados y pensionistas forman parte de este drama. Aproximadamente 483.000 hombres y mujeres entre ex trabajadores hoy jubilados, pensionistas a la vejez, pensionistas tributarias o discapacitados, reciben menos de $ 3.930 del Banco de Previsión Social, es decir el 69% de quienes están amparados al sistema previsional, en tanto que, de ellos, 323.300 reciben menos de $ 2.620. El Banco de Previsión Social, órgano constitucionalmente creado para regir un sistema de Seguridad Social intergeneracional y solidario, se ha tornado totalmente incapaz de poder redistribuir recursos que ayuden a la sociedad en coyunturas como la actual.
Es más, este instituto ha servido de señuelo y garantía para que este gobierno pidiera a los organismos internacionales préstamos con destinos a programas de funciones ignotas y títulos ficticios, como ser «Fortalecimiento del Sistema de Seguridad Social», recursos que han llegado al Ministerio de Economía y Finanzas pero que el BPS nunca le ha explicado a sus dueños, jubilados y trabajadores, qué ha pasado con el dinero, dónde está, en qué se gastó y quién es el deudor, preguntas que habrá que hacer dentro de un tiempo y que habrá que responder en algún lugar.
La pobreza es indeseable para cualquier ser humano, pero lo es más cuando la sufren seres indefensos ante la indiferencia de quienes piensan que el hambre es solamente un número. *
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