La lengua no es de trapo

¿Con o sin desparpajo?

«Algunos jerarcas y otros funcionarios, pese a que hay carteles que dicen ‘prohibido fumar’, lo hacen sin ningún desparpajo».

Esta curiosa información pude leerla hace algunos días en LA REPUBLICA. Tratándose de una denuncia sobre el poco caso que se hace en Uruguay a las recomendaciones sobre lo pernicioso del tabaquismo, el hecho que ciertos funcionarios y algunos jerarcas de organismos estatales fumen «sin ningún desparpajo» es perfectamente explicable y no debería dar mérito a escándalo; quiere decir que lo hacen conscientes del pecado que están cometiendo, con vergüenza, con recato, con mesura. Transgresores sí, pero de lo más correctos resultaron estos funcionarios y jerarcas fumadores…

Y sí, amigo lector. Vea que si desparpajo quiere decir «desenvoltura, desenfado, tupé, descaro o desfachatez» en los actos o en los dichos, el hecho de que alguien haga algo sin ninguna de estas características censurables debe llevarnos a suponer que lo hace con timidez y sin alardear, medio como escondiéndose, que serían las características contrarias.

Calculo que ya a esta altura el lector debe de haberse dado cuenta de que en realidad el redactor de la noticia quiso decir exactamente lo contrario: «algunos jerarcas y otros funcionarios, pese a que hay carteles que dicen ‘prohibido fumar’, lo hacen con total desparpajo», o que «lo hacen sin ningún recato», a la vista de todos y casi en actitud desafiante.

Esto de trabucar las palabras es lo que le ocurría a aquel que, ante una actitud necia de alguien, comentaba: «Â¡Pero qué falta de estupidez!». O el relator de fútbol que habla de la «resonante derrota» sufrida por tal equipo.

También me recuerda a aquel otro con berretines de cantor –igual que el bacán de voz gangosa que frecuentaba el bulín de la calle Ayacucho– que cantaba Cambalache muy suelto de cuerpo: «Â¡Qué falta de atropello, qué respeto a la razón!».

No son sino pequeñas dislexias que suelen presentarse de vez en cuando para jugarnos malas pasadas y dejarnos como verdaderos zopencos.

–Mire Mendieta, eso de la lisdexia me tiene sin cuidado. Lo único que me preocupa es ver que mi copa está vacía y usté ni siquiera es incapaz de mandar servir la otra.

–¡Qué lo parió! *

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