Los partidos tradicionales, y los grupos económicos y sociales a los que representan, viven horas novedosas. Sensaciones antes desconocidas, desconcertantes, plagadas de un cosquilleo de incertidumbre desagradable, como la que experimentan, dicen, las personas que habitan un lugar donde se produce un temblor de tierra.
Demasiado tiempo en el poder. Demasiadas comodidades. Demasiado tiempo viviendo con la convicción en que “a ellos no le pasarÃa nada”, todo ello ha terminado por hacer que ese sentimiento de incertidumbre, por inédito, sea más inquietante. Se empieza a extender la idea de que no era verdad aquello de que no hay ley humana que pueda alterar la situación de los que han nacido con privilegios.
Bien mirado, nada grave les espera. Apenas que les está llegando la hora a algunos de parar de robar, a otros de empezar a trabajar y a otros el momento de ganar con más moderación, de invertir en el paÃs y de hacerse, aunque sea un poco, responsables de la situación social que vive el paÃs.
Aunque muchos los vivan asà habrá cambios pero no será el hundimiento del Titanic.
El problema es que este sentimiento de “fin de fiesta” parece haber ganado a algunos sectores de la jerarquÃa polÃtica que conduce al paÃs, tanto en la administración central como en algunas empresas públicas.
No son todos los funcionarios jerárquicos ni son todas las dependencias, pero el clima de estampida existe.
De las decisiones que se adoptan bajo ese estado de espÃritu no es ajena, obviamente, la actitud del Poder Ejecutivo sin la cual no serÃan viables decisiones como las denunciadas ayer en LA REPUBLICA por la Comisión de Defensa del Agua y de la Vida.
El pánico electoral es mal consejero. Puede llevar a decisiones irresponsables, profundamente dañosas para los destinos del paÃs, como esta a la que hacemos referencia y que tiene que ver con la apertura hacia una empresa francesa en materia de privatización del agua potable.
El problema es que los que están haciendo “mutis por el foro” son los instrumentos polÃticos, los partidos tradicionales, que tienen como razón de ser promover y convencer con programas polÃticos precisos, adecuados y convincentes.
Y hoy asistimos a una verdadera deserción programática. Las capas sociales que viven en el privilegio ven acentuada su fragilidad por la ausencia de propuestas polÃticas por parte de los partidos tradicionales.
Blancos y colorados están, en este terreno, incursos en una verdadera “omisión de asistencia”. Nada de nuevo tienen para decirle, no ya al pueblo trabajador, ni siquiera a las capas más acomodadas o a los empresarios con más recursos. Omisión de asistencia, ausencia de una perspectiva de paÃs, desconcierto en cuanto a la inserción internacional del paÃs, de propuestas propias con relación al Mercosur y demás.
Alguien podrÃa pensar que esta atonÃa programática de los partidos tradicionales es conveniente para la izquierda o para la democracia. No suscribimos ese pensamiento.
Pensamos que también los tradicionalistas y conservadores deberÃan hacer un esfuerzo por encarar los problemas del paÃs tal cual son y procurar crear, con sus propuestas, un terreno de debates y eventualmente de acuerdos. Tienen que parar con la omisión de asistencia.
De lo contrario les queda solo un camino, que es el que ya algunos, malamente adelantados, intentan ensayar: desarrollar una campaña centrada en la intención de anular, destruir polÃticamente a la izquierda y no desarrollar programas y propuestas propias.
Esta actitud negativa y defensista de los sectores tradicionales sólo puede contribuir a tensar la situación preelectoral y a interferir en la inevitable transición.
Pero no detendrá el curso de los acontecimientos ni la perspectivas de cambio con las que trabajan serenamente las fuerzas progresistas. *
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