La historia no es de "naides" y es de todos
Asistimos en estos días a una discusión tal vez un poco anacrónica, tal vez fuera de lugar, o en todo caso introducida por aquellos que pretenden apropiarse del pasado, y aprovecharse de él oportunistamente, para intereses muy actuales y electorales.
Es la intención de miembros de los partidos llamados «tradicionales» o «históricos», de rescatar el pasado solamente para su provecho. Hay dos modos de volver al pasado: uno es la forma suicida irreversible del reaccionario, y otro es el repliegue, buscando la fuente de energías para construir el futuro, reconociendo los hechos históricos como obra de los pueblos en su conjunto y de los movimientos sociales, verdaderos protagonistas, en cada momento de la historia.
¿Qué colectividad política puede hoy atribuirse para sí los hechos que provocaron el Ãxodo oriental?
¿O las jornadas que culminaron en la declaratoria de la Independencia en la Florida de 1825?
Estos hechos forman parte de nuestra identidad como Nación, que se le pueden dar diversas interpretaciones según quien sea el referente y en el transcurso de los tiempos y a través de las investigaciones de cada hecho histórico, se irá aclarando, profundizando y objetivando más.
Pero nadie, ningún grupo político puede tomar para sí un hecho histórico, porque como tal conforma y es parte de la construcción de una nación, los acontecimientos históricos son patrimonio de un colectivo nacional que va conformando su identidad.
Vemos así cómo las grandes líneas de nuestra historia confluyen hacia un punto común; que va reencontrando y uniendo nuestra Nación pero siempre avanzando en su interpretación
.Por ello la atribución y apropiación por parte de las colectividades » tradicionales», de la historia Patria los lleva a la exaltación de lo bueno, o lo que ellos consideran «bueno», pero los obligan a la ocultación de lo «malo» o la tergiversación, distorsión o simplemente olvido de otros sucesos.
Así tenemos hoy la utilización un tanto obscena de los respetables hechos acaecidos hace 100 años en Masoller, que llevaron a la muerte del caudillo rural Aparicio Saravia, que en aquel momento canalizaba sin saberlo la resistencia de la campaña a la penetración de las formas capitalistas; representaba la resistencia del gaucho «desharrapado», a la implantación del alambrado, condenado a la desocupación y al hambre. Pero este gran movimiento social no pudo formular un programa que tuviera un contenido.
Estos levantamientos saravistas se expresan entonces, solamente, como un conflicto político de defensa de la libertad del sufragio, del respeto por las minorías, etc, cosa loable por cierto pero no era lo único que se jugaba en esos años .
Podemos decir con Ares Pons … «que tanto la antítesis blanqui-colorada, como la oposición campo-ciudad, fueron aprovechadas y estimuladas por las clases dominantes, que evitaron un entendimiento de los sectores populares que pudiera poner en peligro sus privilegios».
Las divisas, apelando solamente a lo irracional, a la pasión partidaria, siempre han servido solamente para impedir la toma de conciencia de las masas populares, tanto en el orden de la economía, como en las relaciones sociales en particular. Precisamente el conflicto de 1904 expresaba, como ya dijimos, aspiraciones hondamente sentidas por las clases modestas de la ciudad y del campo, y la adhesión del gaucho a Aparicio es su resistencia a lo «moderno», a lo urbano, y había, también, en esto un apego a formas de vida en vías de extinción. Y precisamente ese es uno de los puntos en que se produce el quiebre en el seno de nuestro pueblo en 1904, cuando los dos bandos tradicionales se enfrentan en el campo de batalla.
Uno en el gobierno tratando de imponer su pensamiento «progresista» y » civilizatorio», y el otro en el llano tratando de defender esa vida tradicional arraigada fundamentalmente en el campo, conservadora tal vez, pero también al rescate del culto de valores que el nuevo ordenamiento político y económico negaba y desconocía.
Algunos de esos valores eran y son también hoy permanentes, como la defensa de la libertad, el derecho a vivir en paz, el derecho a expresarse políticamente, el sentido ético de la vida, la resistencia a lo foráneo, el rescate del federalismo (es decir el sentido de formar parte de una Patria mucho más amplia), y también la sensibilidad social y la solidaridad entre los hombres.
Todo esto forma parte de la cultura de nuestro pueblo. No pertenecen a ninguna colectividad política, ni a ninguna familia, ni grupos de familias en particular.
Todo esto no tiene nada que ver con las divisas: más aún, muchos de los que hoy las representan lo han negado permanentemente
Y si no, me remito a palabras del propio Aparicio Saravia quien en una de las cartas a su hermano Basilisio, Coronel del Ejército Gubernista, le escribe desde las cuchillas de Caraguatá el 6 de mayo de 1897. «… la patria es algo más de lo que tú supones; la patria es el poder que se hace respetar por el prestigio de sus honradeces y por la religión de las instituciones no mancilladas; la patria es el conjunto de todos los partidos en el amplio y pleno uso de sus derechos; la patria es la dignidad arriba y el regocijo abajo; la patria no es el grupo de mercaderes y de histriones políticos que han hecho de las prerrogativas del ciudadano, nubes que el viento lleva, y que se sientan hoy en donde se sentaban próceres y adalides en los tiempos heroicos de nuestra historia.»…
Pasar por alto esto, desconocerlo, sería minimizar demasiado a estos grandes héroes que en su paso por esta tierra, van conformando la identidad de nuestro pueblo.
Me hubiera gustado que algunos de los que anduvieron paseando por el Norte estos días, a caballo cómo no, hubieran tenido presente estas palabras, y que también se las hubieran traducido, de paso, al embajador yanqui.
Por suerte hoy la mayoría de los que entendieron de verdad las razones de la inmolación de los Saravia en el 97 y en el 4, los que reivindican todos los días los valores de esta incruenta Revolución, hoy son frenteamplistas.
Sin dejar a nadie en el camino. Sin excluir a nadie, con todo respeto. Porque la historia no es de «naides»…*
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