Cambiaremos con seguridad

Creo firmemente que después del 31 de octubre, el Uruguay va a cambiar; esto ocurrirá seguramente, sea cual fuere el resultado electoral.

Si no se produjera la victoria progresista que esperamos y necesitamos, el continuismo de blancos y colorados acelerará -aun más- su proceso «modernizador» y esto significará la profundización de la brecha social que nuestro país presenta y el «modelo» será más excluyente de lo que lamentablemente viene resultando. Cambiaremos, en este caso, regresivamente.

Sería realmente trágico, pero previsible, sin dudas. Pero si como anhelamos, la mayoría consagra la fórmula de la esperanza, esa que encarnan Tabaré, Rodolfo, un programa progresista y un equipo de calificados compañeros, también habrá cambios (ya no de ritmos o intensidades) y éstos comenzarán a ser verdaderamente profundos a partir de 2005; lo que no debe confundirse con la obtención de resultados inmediatos.

Claro está que el escenario no será el mismo en un caso u otro y también debemos reconocer que la profundidad de los cambios será una si alcanzamos la victoria en primera vuelta y otra si no tuviésemos garantizadas las mayorías en el Parlamento.

Por citar un solo ejemplo, la reforma tributaria que comience a plasmar la idea que Tabaré ha planteado una y otra vez de que los que más ganen sean los que más tributen (al contrario de lo que ocurre hoy) requiere de mayorías en ambas Cámaras Legislativas. Este no es un asunto menor; diría más: es fundamental. La justicia tributaria vale por sí misma, pero significa además una derrota de la actual concepción neoliberal que identifica a los dos partidos tradicionales y a su accionar efectivo. Significa la pérdida de un privilegio tan injusto como irritante y, por tanto, marca el comienzo de un nuevo tiempo al que acompañará una serie de medidas económicas que alentarán al país productivo, a la generación de riqueza y de empleo -que tanto necesita y reclama la gente- así como del acceso universal al agua potable y saneamiento, junto con una mejor atención de la salud, un mayor acceso a la vivienda y una educación que comience a ser verdaderamente para todos.

Que nadie se llame a engaño: no queremos el gobierno para nosotros mismos ni para administrar la grave crisis que nos van a dejar; lo queremos para transformar positivamente al Uruguay.

Pero junto con estos y otros temas que hacen a la calidad de vida de la gente, deberemos atender otros frentes que no son de menor importancia social y uno de ellos es el que tiene que ver con la seguridad ciudadana y la Policía Nacional.

Deberemos ser capaces -si nos preciamos de progresistas, si hablamos de cambios reales- de mejorar también en estas áreas y de cambiar esa «sensación térmica» adversa que la ciudadanía experimenta.

Habrá que poner énfasis en políticas preventivas y éstas deberán apoyarse y sustentarse en prácticas de acercamiento e integración. En pocas palabras: el Comisario reunido con los vecinos. Por cierto que habrá que devolver a las comisarías su verdadero valor para lograr ese acercamiento e integración en los diferentes barrios y zonas. La idea es llegar a transformarlos también, en instrumentos de descentralización y desconcentración.

Posiblemente haya que racionalizar el volumen de la actual Dirección de Investigaciones, por ejemplo, y con parte de ese personal fortalecer la labor de las comisarías. También habrá que mejorar el servicio de apoyo que la Policía tiene para con el Poder Judicial, para avanzar en esclarecimientos de delitos y en justicia verdadera.

Para todo esto, resulta imprescindible atender mejor que lo que se viene haciendo a la Policía y las y los policías tendiendo a su profesionalización, a la actualización permanente y eso deberá ser totalmente libre de ataduras políticas.

Hay que dignificar la carrera policial y esto empieza por desterrar la tarjeta de recomendación política como factor de ingreso a la institución.

Me consta que estas y otras medidas deberán ir acompañadas de aumentos paulatinos, graduales, en las retribuciones que suponen, también, una reorganización del ya legendario Servicio 222.

También deberemos regularizar aportes, porque no es bueno que el Estado siga siendo evasor de sí mismo y entonces, gradualmente una vez más, alcanzaremos la meta de que todas las retribuciones estén sujetas a montepío y que, por tanto, integren las pasividades a percibir en el futuro.

Se trata de jerarquizar al personal policial.

Es posible que lo planteado no se logre en el primer año de gobierno, pero ahí empezaremos a rectificar el rumbo y los resultados llegarán.

Es también posible que enfrentemos más dificultades que las que podamos prever, pero tiene que estar SEGURA nuestra gente que cuando hablamos de cambiar, lo hacemos con la certeza de que vamos a mejorar.

Eso sí, no habrá lugar para todos. Los corruptos no integran este esquema ni estos planes.

A ellos se les combatirá con todo el peso y la fuerza que las Constitución y la Ley permitan.

Porque es necesario, siempre, que la gente tenga seguridad.

Seguridad en el cambio, pero por sobre todo, en su vida. *

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