El tiempo del desprecio
En momentos en que la opinión pública mundial era sacudida por las noticias provenientes de Osetia del Norte que informaban de la toma de rehenes en una escuela, la sociedad uruguaya tenía otro motivo de conmoción: el asesinato de un taxista a manos de delincuentes.
Dos hechos sin conexión alguna entre sí tienen, empero, un denominador común: la violencia indiscriminada y el más absoluto desprecio por la vida humana.
En un caso, la demencia terrorista llegó al colmo de usar escolares como escudos humanos y provocó la respuesta «horrorista» de las fuerzas represivas rusas; el resultado de tanta insania es escalofriante: más de 300 muertos entre los que se cuentan algunos terroristas, niños, maestros y padres.
El otro suceso luctuoso es objetivamente menos impactante pero sólo por razones cuantitativas: hubo una víctima y no varios centenares como en Osetia del Norte. Pero la muerte de Julio Benítez como consecuencia de un intento de rapiña responde también a un impulso violento y ciego que denota un desprecio alarmante por la vida de los demás.
Desde luego que el asalto a un taxista y la muerte de éste a manos de los rapiñeros no es, desdichadamente, un hecho nuevo ni excepcional: los conductores de automóviles con taxímetro han estado desde siempre expuestos a asaltos; pero sucede que desde un tiempo a esta parte este tipo de delitos ha visto aumentada su frecuencia de manera alarmante, al tiempo que otros obreros transportistas –los omnibuseros– son también objeto de asaltos.
Vanas han resultado las medidas adoptadas por las autoridades nacionales y departamentales para prevenir los asaltos a trabajadores del transporte. Ni la polémica mampara en los taxis ni la presencia policial en los autobuses han impedido que los delincuentes actúen; tampoco han evitado la muerte de taxistas y omnibuseros. A raíz del último episodio –la muerte de Benítez– vuelve a hablarse de implementar un sistema de prepago con tarjetas de forma de evitar que los trabajadores transportistas estén en posesión de dinero en efectivo y se conviertan así en blanco de la actividad delictiva.
Entendemos que más allá de las medidas de prevención que deben adoptarse, detrás del incremento de la violencia delictiva hay una realidad de crisis material y moral que propicia las conductas infractoras. Como con acierto sostiene el sindicato de la Unott en su comunicado del 2 de setiembre, en el que comunica el asesinato de Julio Benítez y anuncia el paro del sector verificado el día 3, el doloroso hecho debe atribuirse, en definitiva, a «la política neoliberal de este gobierno y a las consecuencias que trae en la pérdida de los valores de la sociedad».
En tanto el gobierno no sea capaz de revertir la situación de crisis –y de revertirla en serio, combatiendo la desocupación y mejorando el nivel salarial–, inútiles serán los esfuerzos por brindar seguridad a la población. Además de las medidas preventivas, es preciso atacar la delincuencia en sus causas objetivas, causas que tienen que ver con la miseria y la exclusión; y al mismo tiempo, proceder a una tarea social que tienda a recuperar a los excluidos, a dignificarlos y reinsertarlos en la sociedad. *
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