Memorias de los años de plomo

La represión durante el oprobioso período dictatorial operado por el Servicio de Inteligencia a través de las cuatro regiones militares y caracterizada por la crueldad de sus procedimientos, se desarrolló, obviamente, en función de un cronograma estricto y severo. Los presos quedaban recluidos en los cuarteles de las capitales departamentales hasta su procesamiento por la justicia militar. Luego derivaban a una unidad en espera de vacantes en el Penal de Libertad. En Melo convergían los de la zona este del país. Allá fuimos los de Maldonado. Justo es decirlo que no llegamos al paraíso, pero habíamos dejado el infierno.

Todo se desenvolvía con normalidad, hasta que arribaron siete compañeros de Rocha, entre ellos, Lenin Prieto y los hermanos Stalin y Gorki López. El capitán jefe del Servicio de Inteligencia –que estaba familiarizado con los nombres de los dos primeros, pero no tenía noticias del tercero– adoptó inmediatamente las medidas que el caso imponía. Se dispuso una suerte de alerta rojo, se reforzó la guardia y suprimió el recreo que gozábamos los sábados. Dos semanas después retornó la calma y la sangre no llegó al arroyo Conventos que orilla el cuartel. Afortunadamente, otros dos López, Marx y Lenin, hermanos de los ya mencionados, pudieron eludir el zarpazo de los uniformados; de lo contrario, el panorama se hubiera complicado aun más.

El animador y referente del grupo «Batallón Coraje» –que así se llamaba la cuadra en la que estábamos alojados– fue el doctor Raúl Gadea, oriundo de Treinta y Tres. Con su ameno e inagotable repertorio salpicado de humor y ya de regreso del Penal de Libertad, fue el único detenido en ese establecimiento durante varios años sin haber sido juzgado ni procesado. Acreditaba sobradas credenciales para erigirse en el cacique de la tribu. Docente, políticamente comprometido con su entrañable amigo, Zelmar Michelini, declinó su candidatura al Parlamento para quedar en su pago como concejal del gobierno municipal.

Pocos lo conocían por su apelativo y la mayoría por El Garufa. Habilidoso futbolista, capitán de la selección departamental, hubo parciales que consideraban que garufa era peyorativo y lo alentaban al grito de «fiesta». El 12 de junio, día de su cumpleaños, generó una incómoda situación al comando por decenas de telegramas que llegaron a la guarnición. Lo cierto fue que Garufa tuvo su fiesta.

Por licencia del sargento encargado de nuestra custodia salimos al recreo, un sábado, bajo la vigilancia de un cabo al que por primera vez veíamos. Se jugaba como era habitual el clásico contra los que ocupaban la otra barraca y procedían de Minas, San Carlos, Piriápolis y Pan de Azúcar. La responsabilidad del arbitraje fue siempre nuestra. En un momento del partido se nos acerca el cabo para decirnos: «qué le parece, señor juez, si termina el partido». Pensamos que había caído la dictadura. Hacía precisamente un año que no escuchábamos a un militar dirigirse a un sedicioso en esos términos y ese tono. Cuando le devolvimos la pelota, nos dimos cuenta que era de izquierda, pateaba con la zurda y qué bien lo hacía.

Instalados ya en Libertad en una celda contigua a la que albergaba al ingeniero José Luis Massera, docente universitario, prestigioso legislador y científico de reputación mundial, la proximidad de celda determinó que con frecuencia compartíamos el reparto del rancho en el 3er. piso. La guardia del penal la hacían dotaciones que procedían de las unidades militares de todo el país y se relevaban cada 15 días para evitar que pudieran establecerse contactos o vinculaciones particularmente con la tropa. La guardia menos mala procedía de Rocha. Un mediodía, distribuyendo el almuerzo bajo la vigilancia de un cabo de la dotación de ese departamento, el guardián nos sorprende con una inusual pregunta: qué actividad cumplíamos fuera del Penal, naturalmente. «Yo soy ingeniero» y «yo oficio de periodista», fueron nuestras respuestas «y díganme entonces, entre ustedes ¿quién trabaja?», agregó el cabo. Se despidió en positivo: «Mañana nos vamos, ojalá que a nuestro regreso no los encuentre». No pudo ser, por varios años volvimos a vernos.

Testimonio de la sabiduría y visión política de Massera, son sus reflexiones sobre el futuro del país. Trillando en el recreo, con las ineludibles conjeturas y especulaciones sobre eventuales caminos para la recuperación democrática, nos dijo, enfáticamente, con la convicción propia de un laureado matemático: «el golpe fue a la uruguaya y la salida también será a la uruguaya». No se equivocó. *

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