Saravia: cien años después, la historia se repite
Si bien hay figuras que trascienden los ámbitos partidarios por sus obras, sacrificios, conductas y visión futura de la patria misma –Aparicio es uno de ellos– nadie puede negarle su calidad de blanco. Es un cimiento fundamental de la grandeza y mejor historia partidaria.
Jamás imaginó ser presidente de la República no obstante la gravitación que en masas ciudadanas tenía, ni candidatearse a cargo político alguno. Su sueño y realidad de luchas fue por la obtención del voto secreto, sistema por el que hasta hoy en forma ejemplar, elegimos el futuro de nuestros destinos.
Terminó con el voto por balotas, con que el coloradismo hacía votar a los muertos entre otras menudencias.
La representación proporcional de las minorías, que son tan ciudadanos con los mismos derechos que cualquiera y a los que se les negaba con el famoso dirigismo directriz y sus arbitrariedades gubernistas preferenciales. Lo mismo que la moral administrativa, heredada del vasco Oribe, contra lo que incluso enrostró a su hermano Basilicio el estar al servicio de la corrupción de gobiernos «salvajes», justo él que era un hombre honrado.
Obsérvese cuánta similitud con la realidad actual de coaliciones, acomodos, vaciamientos bancarios, nepotismos, contratos de obra, etc., que en poco o nada se diferenciaban de aquellos vicios de su época y contra lo que se levantó con sugestiva y viril fuerza la pureza de su poncho blanco. Saravia no buscó jamás soluciones mirando desde la costa hacia Europa en ideas y doctrinas foráneas que nada tenían que ver con nuestra realidad nacional. Al contrario. Fue su mirada desde la costa hacia el interior profundo, hacia nuestras cuchillas y verdes llanuras, su pampero fresco, el azul de sus arroyos, las calandrias y espinillos, el trabajo de sus gauchos y el sabor al terrón de su tierra arada.
No admitió jamás que los imperios se llevaran nuestras materias primas para industrializarlas en su beneficio cambiándolas posteriormente por perfumes, sedas, bisutería o «espejitos». Luchó y murió en defensa del ser nacional y del venturoso futuro que aspiraba para los hijos y nietos de la Patria.
Al culminar y lograr sus frutos en cada revolución, él y sus caudillos, «hombres de armas llevar» como les decían los asustados doctores a los patriotas, con los tordillos de la brida, volvían al pago a atarlos del arado, estirar un alero, tener hijos y criar nietos.
O sea, hacer Patria. No eran las ciudades el ámbito natural de sus gestas y desvelos. Por el humo, las estridencias, usuras, bancas internacionales de gringos imperiales, acomodos políticos y corrupciones estatales, sentía una natural repulsa y profundo desprecio.
La historia, hoy se repite. Se vuelve a rendir pleitesía a los imperios a quienes se les entrega soberanía a cambio de empréstitos leoninos con intereses que de por sí son impagables. Se venden los votos internacionales en obediencias sumisas contra el legítimo derecho de patrias hermanas latino indoamericanas o débiles del mundo que luchan por sus libertades en favor de los imperios explotadores y criminales. Se pierde la dignidad propia de pueblos libres. Y en lo interno, lo único que prospera es la mentira, la prebenda y la corrupción. «Jóvenes» ministros de Batlle, soberbios y ampulosos, nos dicen de prosperidad y despegue, apenas a dos meses del evento electoral olvidando los cuatro años y medio que nos hambrearon y asolaron.
¡Nos toman por imbéciles! Son los que recurren al imperio para las soluciones a la crisis. No es la primera vez que el coloradismo lo hace. Don Pepe ya les dio el ejemplo pidiendo y abriendo las puertas de la patria a los yankis para terminar con Saravia. Y vinieron. Cuatro barcos yankis con tropas y metralla suficiente, de calado ligero para penetrar por los ríos y bombardear las tropas blancas patriotas.
El Castine, el Brooklin, el Atlante y el Marietta se llamaban los barcos imperiales que llegaron diez días después de la muerte de Aparicio. Ya no volaba el «Aguila del Cordobés».
No era necesaria la masacre intervencionista solicitada por el gobierno batllista de la época.
Desembarcaron, desfilaron con bombos y fanfarrias, y se fueron.
Esa es la historia de los que hoy dicen con orgullo que terminaron con las revoluciones.
Claro, a cambio del entreguismo, dignidad nacional y honradez administrativa. Hoy se repiten. Desde la Heroica en cambio, entre «ponchos de nubes» asoma de vuelta Aparicio. ¡Si se pudiera, en un futuro cercano formar «yuntas» con columnas honorables de La Teja para enfrentar la ambición voraz de «afuera» y el entreguismo de los de «adentro» se podría esperar el venturoso futuro con el que soñó Aparicio. ¡Viva Saravia!
Leíamos que hay quien pretende homenajear a la tropa y oficiales de línea gubernistas de la época. ¡Que lo hagan! Pero que al frente lleven la bandera a rayas rojas y blancas llena de estrellas imperiales.
Nosotros en cambio en homenaje al Aguila del Cordobés, iremos con el Poncho Patrio que él supo lucir. *
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