Los ciento veinte días de don Jorge
En realidad, tan arbitrario es escribir sobre los cien primeros días de un presidente, como hacerlo sobre los ciento veinte.
Sólo que, al hacerlo por este último período, nos sentimos más próximos a ciertas actitudes transgresoras del Presidente, y contamos con veinte días más para evaluar su gestión. Veinte días que, en el caso, sirvieron para salvar un deber con el gobierno de nuestros hermanos venezolanos; la promesa de Batlle de investigar a fondo el «caso Quinteros». Deber largamente postergado.
Por cierto que estos cuatro meses de presidencia muestran en la opinión pública un franco saldo positivo: más del 50 % de ella da como buena su actuación, y el saldo negativo está compuesto por opinantes que perciben una postura o estilo desacostumbrado y promisor en aspectos que trascienden la orientación económica que maneja Batlle; quien no puede ser un neoliberal según dijo ya que es un «viejo liberal declarado».
Como pocos o ninguno se hace difícil dar méritos o deméritos definitivos a la conducta del novel Presidente en este lapso de su gestión. Para ser precisos: hay, a lo que se vive, una dicotomía evidente entre los dichos, actitudes y actos del doctor Batlle en materia de trascendencia casi religiosa y en materia de ética política, que se nos ofrecen como contradictorias con su posición en la orientación económica.
Algún buen lector de Benedetto Croce podría ser el observador objetivo apto para el momento. Y nosotros, según es principio político del progreso de las sociedades, trataremos, en nuestra opinión sobre este primer pujo presidencial, la nota positiva: aquella que nos parece sobresaliente o subordinada del resto; por más importante que este resto sea.
En ese orden, el doctor Jorge Batlle ha manifestado y postulado que el gobierno debe orientarse, privilegiadamente, hacia la obtención de «un estado del alma» y de principios éticos inequívocos. Dos aspectos distintos como concepción filosófica, que se han complementado en lo concreto con una actitud y actividad social signada por el respeto.
El Presidente pide «un estado del alma» como una actitud de disponibilidad, no discursiva, de la sociedad uruguaya entera, para llegar a un estado posterior de paz social. Principio de fondo de una solidaridad nacional.
El Presidente pretende que se instale, en el país, una cierta espiritualidad (que es diferente y a posteriori de lo anterior) que concurre a la primacía de valores ético políticos de comportamiento.
El Presidente visita y toma contacto con lo más significativo de la sociedad civil uruguaya. Y con los máximos representantes de todos los lemas políticos. Da con esto su señal cierta de respeto, condición sustancial del sistema democrático.
El Presidente se compromete a vivificar el conocimiento de Artigas. Conocimiento que lleva a redescubrir y poner en evidencia pública la predilección del Padre de la Patria por los desposeídos de su tierra, por una política de tierras determinada y por un tipo de federalismo consecuente.
El Presidente clama por la injusticia de los gobiernos de los estados centrales que practican su proteccionismo interno, y centra en el Banco Mundial sus críticas a la privación de libertad de comercio.
Pero el Presidente admite una ley de urgencia que en buena medida resultará inhibidora de la paz social que sinceramente proclama, y permite una orientación económica que debe saberlo está viciada desde su raíz.
No es casual que hayamos citado a Benedetto Croce como el ejemplo liberal, y hayamos desdeñado a Adam Smith. El primero comienza su Historia de Europa en el siglo XIX con una denuncia «…encendida en las lejanas colonias de América Latina, donde existían esfuerzos y movimientos de naciones oprimidas contra dominadores y tutores extranjeros».
Adam Smith (muy anterior a Croce, menos apto para prever la gran realidad económica actual) postulaba en abstracto. El valor fundado en la oferta y la demanda, el comercio libre de toda prohibición, la competencia elevada al rango de un principio: casi sin tal vez, conceptos aceptables para su época, no se adecuan a estos tiempos de capitalismo sin fronteras, universalmente más poderoso que los estados, y sin principios que no sean el perpetuo desarrollo de sí mismo.
El hombre de buena voluntad, de sana ética y de fraterna comunicación que se ha manifestado en estos ciento veinte días, y que protesta más airado que Benedetto por la ausencia de una libertad básica de vida, conoce de la contradicción que esto plantea a sus políticas de espíritu.
Tiene mil seiscientos treinta días para resolverla.
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