Debate militar: que canten la justa
La carta del ex comandante en jefe del Ejército, teniente general Daniel García, que LA REPUBLICA publicó íntegramente en su edición de ayer, es reveladora de un episodio de singular importancia.
Importancia en cierto sentido simbólica, pero que atañe a cuestiones materiales que mucho le interesan al país.
A través de un razonamiento riguroso y claro, el general García muestra –desde la lógica de un afiliado al Círculo Militar– los errores formales y de fondo que entraña la decisión de la Comisión Directiva de la institución de expulsarlo de sus registros.
Señala bien el militar el carácter político de sus declaraciones y la imposibilidad para una institución como el Círculo de sancionar a alguien en función de sus ideas o declaraciones políticas.
Tales extremos, continúa razonando García, «(decisiones que) implica(n) la asunción de policía de ideas y el mantenimiento de un dogma al que se concede el monopolio de la verdad«.
Más adelante, y en la misma línea de razonamiento, el militar, que se declara dirigente del Partido Nacional y gremialista, señala que al asumir estas actitudes los integrantes de la Comisión Directiva aparecen «como exponentes de actitudes antidemocráticas, intolerantes y represivas».
Sin entrar en las demás consideraciones pertinentes del general García, vale la pena detenerse en estas apreciaciones.
Es por demás evidente que le asiste razón al militar sancionado.
Cabe señalar asimismo que quienes asumen esta actitud de expulsión de un afiliado a una entidad social lo hacen a partir de determinadas declaraciones críticas referidas a la actuación de las Fuerzas Armadas durante la dictadura.
La expulsión se vuelve emblemática cuando en ese mismo club participan ex jerarcas del Ejército comprometidos con algunos de los tramos más siniestros y más graves del régimen militar, como el ex teniente general Gregorio Alvarez, el más dictador de todos los dictadores del período de la dictadura.
Y así como en una nota del suplemento del día 28 de junio se recordaba que el señor Juan María Bordaberry jamás había sido sometido a un tribunal de conducta política en el Partido Colorado, la misma reprobación se le puede formular a estas instituciones sociales que tan cómodas se sienten departiendo con los más contumaces violadores de la Constitución y de los Derechos Humanos.
Cuando el señor Raúl Mermot y su secretario el señor Julio Fernández y los demás integrantes de la Comisión Directiva del Círculo Militar fuerzan la expulsión de García, sin siquiera consultarlo ni darle participación a los demás afiliados, están proclamando para quien lo quiera oír, su rechazo a las críticas y la reiteración de su convencimiento de que lo actuado por las Fuerza Armadas en la época de la dictadura estuvo bien.
Estuvo bien clausurar el Parlamento «lleno de demagogos y corruptos».
Estuvo bien disolver a los sindicatos que «alteraban el orden y amenazaban con la disolución del Estado.»
Estuvo bien tener rehenes.
Estuvo bien secuestrar adultos y niños.
Estuvo bien cerrar diarios porque publicaban algunas de las siete palabras que el poder arbitrario había decidido que no se podían publicar.
Estuvo bien prohibir tangos de Gardel.
Y hacerle cortar el pelo a los muchachos.
Impedir el uso de vaqueros.
Encarcelar escritores. Todo eso estuvo bien.
Todo eso que a la mayoría de los uruguayos nos parece que estuvo muy mal, al señor Mermot le parece muy bien.
Es bueno saberlo.
Ese pensamiento existe.
En realidad existe desde hace mucho tiempo, antes incluso de la dictadura.
Y como se lo dejó estar, como no se lo combatió racional y éticamente, ese pensamiento quedó latente hasta que las circunstancias, en 1973, hicieron posible que esas concepciones antidemocráticas se volvieran hegemónicas.
Las expulsiones de Mermot son un alerta que nos recuerda las asignaturas pendientes de la transición democrática.
Y es bueno que sobre eso nos canten la justa.
Si –como a justo título reclama el general García– se realizara una asamblea de socios del Círculo Militar habría que trasmitirla por radio y televisión. En canal abierto.
Resultaría esclarecedor.
Limpio, transparentemente revelador.
Si se pasara en horario nocturno, el debate sobre culpas y perdones tendría la audiencia más numerosa.
Y amaneceríamos todos sabiendo un poco más acerca de en qué país estamos viviendo.
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