Las miserias argentinas

Hay en la tierra una Argentina  

He aquí la región del Dorado,  

he aquí el paraíso,  

he aquí la ventura esperada,  

he aquí el Vellocino de Oro,   

he aquí Canaán la preñada.  

Rubén Darío  

Posiblemente no exista en el mundo un país que ejemplifique mejor los infinitos padecimientos que a una nación le impone el ser adscrita, en condición subordinada, a la borrascosa espiral del neoliberalismo.

La tempestad económica de los precios de las exportaciones que caen, de los mercados que se cierran, del endeudamiento por préstamos que se toman cada vez más caros por prestamistas cada vez más exigentes y atrevidos, no tarda en traer de la mano la miseria y la descomposición social.

Y si ese proceso es palmariamente claro en países como Uruguay, Brasil, Paraguay o Bolivia, en ninguno el derrumbe es tan estridente como en la otrora promisoria República Argentina.

En un trabajo publicado recientemente por el periodista Tomás Eloy Martínez, «El sueño argentino», se realiza una especie de revista a los grandes hitos del proceso de decadencia argentina, al que el autor define como «uno de los más extravagantes enigmas de este siglo».

Martínez recuerda allí que «hacia 1920 las estadísticas señalaban que la Argentina era superior a Francia en número de automóviles y a Japón en líneas de teléfonos.»

Todavía en 1942 el célebre economista Colin Clark vaticinó que la economía argentina sería la cuarta del mundo antes que pasaran veinte años.

Y todavía en 1948, Argentina tenía más teléfonos que Japón e Italia y más automóviles que Francia.

El país que en 1928 era la sexta potencia económica del mundo, a finales de los ochenta estaba por debajo de los cincuenta primeros.

Desde entonces el derrumbe económico se ha acentuado y con él el deterioro social.

Hoy, con más de un 14 por ciento de desocupación, con la merma de la inversión y del gasto público, la tierra prometida se ha convertido en sede de tremendas desigualdades y de una violencia social creciente y el nuevo elenco gobernante se enfrenta a un cuadro en el que las soluciones, todos coinciden en eso, si es que llegan, van a tardar.

El deterioro a que fue conducida la nación durante la última dictadura militar, los caminos erráticos y luego la corrupción y el fundamentalismo privatizador han generado un proceso de «desarrollo al revés» con desindustrialización, fuga de capitales y de cerebros y debilitamiento del sistema productivo en beneficio de la especulación.

Como suele ocurrir en el llamado «círculo vicioso de la pobreza», los padecimientos económicos y sociales no vienen solos.

«En la región del Dorado» de que hablaba el poeta ha surgido un nuevo y peligroso flagelo: el racismo, la discriminación, la violencia contra los emigrantes pobres de otros países de la región.

En los últimos días el algunas agresiones contra trabajadores bolivianos de las zonas de las quintas han sembrado la alarma en la prensa, los organismos de derechos humanos y la opinión progresista.

Como era de esperar, la inmensa mayoría de las organizaciones representativas de la sociedad argentina se han pronunciado vehementemente en contra de los ataques a campesinos bolivianos.

No obstante, no faltan quienes, por sórdidos y todavía poco claros intereses, se han dedicado desde alguna radio o algún semanario, a darle a la matraca del racismo y la xenofobia.

Las afirmaciones fraudulentas que los trabajadores emigrados son causa de desocupación, que la abundancia de mano de obra barata arroja a los obreros argentinos al paro, encuentran propagandistas en algunos sectores de la siempre temible extrema derecha argentina.

Las expresiones recientes de las autoridades municipales, de varios líderes de distintas fracciones políticas y la prensa permiten pensar que la xenofobia, la cruel inhumanidad de los ataques a trabajadores emigrados, ese flagelo terrible que ha nacido en algunos países de Europa occidental, no desarrollará sus emponzoñadas raíces en el suelo latinoamericano de nuestra hermana Argentina.

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