La jornada democrática de mañana

Las elecciones internas de los partidos que se realizarán mañana serán sin duda una nueva instancia en el proceso del desarrollo de la democracia uruguaya. Con sus luces y con sus sombras que bien vale la pena no disimular.

Los distintos sectores dentro de los partidos han expuesto su pensamiento en forma libre. No es un dato desdeñable. Tampoco lo es que las diferencias que dividen a las distintas corrientes, dentro de cada partido, hayan procurado y logrado totalmente dirimir la amplitud de su respaldo cívico por medios publicitarios y pacíficos. Tampoco es dato menor.

El optimismo avanza ya muy poco si se examinan las actuales circunstancias comparándolas con las promesas de renovación y democratización interna de los partidos, aquellas que se realizaron en oportunidad de plebiscitarse ante la ciudadanía la reforma constitucional que instauraba esta elección de candidatos y convencionales nacionales y departamentales.

En aquella oportunidad la renovación democrática y generacional de los partidos era exhibida como uno de los méritos que aportaría la nueva constitución que instauraba el sistema de elección a dos vueltas o balotaje.

¿De qué hablan ahora los dirigentes blancos y colorados, sino de promesas de renovación?

No puede haber procesos de renovación si se carece de instancias internas de debate democrático, como reconocen ahora algunos dirigentes partidarios.

No puede hablarse de renovación política si los medios de comunicación siguen, mayoritariamente, en manos de pequeños grupos empresariales ligados al poder político y económico.

No puede haber renovación generacional sin ese proceso en el cual junto con las nuevas ideas y las nuevas influencias en materia de pensamiento ascienden y resplandecen nuevas figuras políticas.

De lo contrario hay renovación generacional, como de hecho la hay, con candidatos más jóvenes, pero no el diseño ideológico, las visiones del conjunto de los problemas del país y del mundo.

Durante estos años, desde las filas del pensamiento político conservador, llamémosle oficialista, no se ha impulsado la publicación no ya de ninguna gran aproximación ensayística sobre la realidad del país. Ni siquiera se ha intentado responder a algunas de las más recurridas críticas de las que publican los que se oponen al descuartizamiento del Estado, rechazan la ideología neoliberal y proponen otras alternativas políticas.

La ausencia de ese espíritu de controversia pública es también resultado de una concepción que afinca toda la acción política en el campo del fortalecimiento de las imágenes políticas. Imágenes en lugar de programas, de proyectos, de planes.

Imágenes o antiimágenes, ataques a las imágenes de los otros. No de la viabilidad o no de sus programas sino el ataque a sus imágenes por vía de la denigración o la caricatura.

Como en la viña del señor, de todo eso ha habido en estos últimos meses, de todo menos renovación.

Ahora se la promete para más tarde, para el 31 de octubre o para otro proyecto de reforma constitucional o política que intente una vez más, pero ahora esperemos que infructuosamente, impedir los cambios que en el país están germinando.

Como está sucediendo en buena parte de América Latina, vientos sociales y políticos, bien pronto ayudarán a disipar las atmósferas demasiado cerradas y las telarañas que nublan la vista de algunos dirigentes de los viejos partidos. *

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